En Uber al aeropuerto

La semana pasada tuve que pausar mis vacaciones en Mérida y volar a la capital unos días. Llegando al aeropuerto de México pedí un Uber a mi casa, y ya estaba arriba, saludando al chofer, cuando nos tocó en el cristal un policía. Nos bajó a los dos y nos informó muy amablemente que es ilegal pedir servicio de Uber en los aeropuertos. Es zona federal y solo está permitido contratar taxis autorizados por la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. Al chofer de mi Uber le pusieron una multa, y a mí me subieron a un taxi autorizado y me llevaron gratis hasta mi casa.
Dentro de todo, para mí el encuentro no fue demasiado desagradable; el policía era buena gente y me salió gratis el viaje. Por aquello del Estado de Derecho y la importancia de cumplir con la ley, más la culpa por haber recibido sin razón un viaje en taxi gratis, pagado con los impuestos del contribuyente, decidí que de regreso a Mérida iba a pedir un taxi autorizado hasta el aeropuerto (probablemente ese era el objetivo de tanta amabilidad). Una semana después, cuando llamé a pedirlo, pregunté cuánto me cobraban de mi dirección. 290 pesos. He hecho esa ruta muchas veces en Uber, y nunca me han cobrado más de 200 pesos.
Qué triste lo poco o lo lento que cambian algunas cosas. En 1963 mi abuelo escribió un artículo en el Excélsior acerca del “privilegio odioso del que gozan los concesionarios exclusivos del transporte de pasajeros en automóvil desde el aeropuerto central de la Ciudad de México”: “Transportaciones Aeropuerto cuenta con una concesión exclusiva, vale decir monopolio, para el transporte desde el aeropuerto. El precio del pasaje que cobra un auto libre, marcado por el taxímetro, desde mi casa hasta el aeropuerto, es aproximadamente de seis pesos. En un taxi autorizado cuesta diecisiete pesos. Si algún viajero pretende abordar del aeropuerto un taxi ordinario, se arriesga a sufrir un desagradable incidente con el personal encargado de resguardar el absurdo e inmoral privilegio de los transportistas concesionarios”.
Por donde se le vea, este monopolio impuesto por el Estado no tiene sentido. El pretexto es ridículo: nadie me ha sabido explicar qué tienen que ver Uber o los taxímetros con la “seguridad nacional”. Solo ganan los concesionarios. La injusticia de los taxis del aeropuerto son un ejemplo de que, cito a mi abuelo, “cuando el gobierno, con patrióticas finalidades teóricas, interviene en la vida económica concediendo privilegios y fijando precios, generalmente perjudica a los usuarios y a la nación”. Estos privilegios existen porque son una manera del gobierno de comprar seguidores, votos y silencios: qué mejor premio por apoyar al gobierno que un negocio que te permite enriquecerte rápidamente, sin competencia, protegido por la ley. Cito otra vez a Ñaño Laviada (no porque sea una autoridad, sino porque no puedo decirlo mejor): “los privilegios que otorga el intervencionismo se prestan para toda clase de inmoralidades. La gramática parda de la política moderna consiste en crear nuevas empresas estatales y otorgar en concesión privilegios económicos para premiar la adhesión o sumisión política de los amigos o el silencio de los enemigos con cierta influencia popular. Los cargos en las empresas estatales o los privilegios son el precio del apoyo político”.
Me tragué la culpa, pedí un Uber al restaurante La Mansión y crucé la calle al aeropuerto. Como eran las 4 de la madrugada y no había tráfico, me cobraron 115 pesos. Del aeropuerto de Mérida a mi casa me cobraron 150; los taxis oficiales cobran 350. Pero la ley sigue exigiendo, desde 1963, que al doble de precio compremos tarifas inflexibles, menor seguridad, y la lata de hacer filas y esperar horas a que llegue el taxi autorizado: un coche viejo y sin aire acondicionado. Qué manera de lastimar a democracia comprando votos, a la economía y al usuario prohibiendo la competencia, y al Estado de Derecho generando incentivos para que no se cumpla la ley.

 

Por María de la Lama Laviada*
mdelalama@serloyola.edu.mx

* Yucateca. Estudiante de Filosofía por la Universidad Iberoamericana.

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