El otro monstruo

Por  Manuel Alejandro Escoffié

EN 1971, Peter Benchley se vio obligado a desempeñar diferentes empleos para poder mantener a su familia. En un último y desesperado intento por convertirse en un escritor de renombre, propuso a diferentes editoriales la idea de una novela en torno a un gran tiburón blanco aterrorizando a una comunidad costera de Long Island. Logrando finalmente generar interés en la editorial Doubleday, Benchley recibió un anticipo de mil dólares por las cien primeras páginas. El resultado, una novela curiosamente llamada “Jaws” (“Mandíbulas”), llegó a ser transformado cuatro años después en una película que tanto México como Hispanoamérica llegaron a conocer en español simplemente como “Tiburón” (1975). El resto, permitiéndome usar un conocido cliché, es historia del cine. Sin embargo, lo que rara vez acostumbra documentarse como parte de esa historia es que, treinta años después, Benchley llegó a sentirse responsable de haber creado un monstruo. Y no precisamente el que se veía en el blockbuster de Steven Spielberg o el que se leía en las páginas de su propio libro.

El terror humano a los tiburones difícilmente era nuevo cuando Benchley se sentó a escribir sobre él. En 1916, unos ataques reportados en las costas de Nueva Jersey causaron pánico a nivel nacional. Se dice que estos sirvieron de inspiración para la novela; lo cual apenas constituye una de las muchas falsas creencias generalizadas que Benchley se tuvo que dedicar a desmentir. Otra de ellas consiste en la noción de que el ataque de tiburones a seres humanos, y en particular del Gran Tiburón Blanco, es tan frecuente como la película sugiere; así como también que nuestra carne forma parte integral de su dieta. La realidad es que, según estadísticas, sólo seis personas al año en promedio suelen ser atacadas. Por otro lado, incluso cuando dichos ataques tienen momento y lugar, es improbable que se alimenten de ellas debido a que lo que más les atrae es el nivel de grasa corporal en otras especies como focas y leones marinos. Desde luego que nada de eso fue impedimento alguno para que 1975, año del estreno de la película, figurase como el año del “Efecto JAWS”; en el cual se registraron bajas de asistencia en las playas, así como un incremento en la caza indiscriminada de tiburones como forma de torneo. Razón por la cual me permito imaginarme que, en 2006, a punto de morir por fibrosis pulmonar, Benchley debió sentir un profundo malestar en el estómago ante la posteridad asegurada tanto para el filme como para su novela en la cultura pop. Después de todo, había pasado la última década luchando contra lo que él percibía como los efectos dañinos de tal posteridad. A través de publicaciones y participación tanto en documentales como en programas televisivos, se esforzó por reivindicar la imagen pública del Gran Tiburón Blanco, contrarrestar el sensacionalismo alrededor del mismo y promover consciencia en torno a las consecuencias de su desaparición.

“Tiburón” enseñó a las audiencias de los años setentas a pensar dos veces antes de meter un dedo al mar. El cine, después de todo, tiene entre sus funciones ayudarnos a confrontar nuestros miedos. Sin embargo, eso supone aprender en algún punto a superarlos. El compromiso de Peter Benchley en asumir de manera voluntaria la responsabilidad por los usos y gratificaciones que el consumidor optó por adjudicar a su obra (sin tener en realidad por qué hacerlo), debería bastar para inspirarnos a evaluar qué tanto hemos hecho justamente eso desde entonces.

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