A 50 años de la apertura del Teatro Héctor Herrera

Gente de todos los estratos sociales se reunía en la época de los años 70 en este recinto, donde pasaba ratos espectaculares los fines de semana con los mejores personajes de la actuación regional y nacional.

Una de las costumbres muy arraigadas en el gusto de las familias yucatecas era disfrutar, especialmente los fines de semana, de las tandas que se ofrecían en el Teatro
“Héctor Herrera”, ubicado en la calle 64 entre 65 y 67, e inaugurado el 2 de mayo de 1970, es decir, hace medio siglo. Antes, la compañía se presentaba en escenarios como el Teatro del STIC.

Lamentablemente no se pudo llegar a esta fecha con el teatro funcionando, ya que por diversas razones cerró sus puertas hace algunos años, pero en la memoria del público están todavía los jocosos diálogos de la “Chichí” Ayora, de Narda Acevedo, de don Paco Ríos “Zapote”, que a mitad de los años 80 acompañaron en escena a “Cholo” y “Candita”, y, por supuesto, a don Mario Tercero, además de Fernando Herrera “Cheto” y al famoso Manolo del Río, “Pixculín”.

Cabe destacar que el teatro se llamaba “Héctor Herrera”, pero no en alusión a “Cholo”, sino al fundador de esta dinastía, don Héctor Herrera Escalante, en cuyo honor se develó, durante la inauguración, una placa en la que se leía: “Justo homenaje al exponente del teatro regional y su mensajero allende Yucatán. Nació el 30 de julio de 1887 y murió el 4 de octubre de 1952”.

Así que en los primeros años, en el escenario se incluía la actuación de Daniel “Chino” Herrera que desde hacía mucho tiempo ya había logrado consagrarse en el teatro, el cine y la televisión, a quien acompañaban sus hermanos Mario y Fernando que eran conocidos como Sakuja y “Cheto”. Más adelante llegaría, también de México, el popular “Cholo”, que ya aparecia en diversas películas, entre ellas algunas con la India María.

Lo cierto es que el ambiente que se vivía en este teatro, que no tenía más que unos ventiladores de techo para refrescar al público, y cuyo espacio hoy es utilizado para guardar las motos de una compañía editorial, era algo sensacional. Gente de todos los estratos sociales se daban cita para disfrutar de las “boladas” de “Cholo” y compañía, en cuyas obras era común escuchar de alusiones a los políticos de la época, como don “Balo” Cervera y Myrna Hoyos, que en las parodias aparecía como Mirna Huecos.

Para hacer más amena la espera, el público podía admirar una especie de galería con cuadros que daban cuenta de haber alcanzado determinado número de representaciones, además de fotografías de “Cholo” caracterizado como Catalina Creel, como Michael Jackson, Chico Ché o la foto de un simpático marciano, que apareció en una obra llamada “No saco ni para el frijol”, en  la cual, con un monólogo, arrancaba las risas del público cuando decía que venía de un planeta en el que todos volaban fumando unos cigarros verdes, de allí el color que tenía el personaje.

Muchas de estas obras, quedaron grabadas en audio casetes que se vendían en el mismo teatro y que luego aparecían ya pirateados en los locales, en ese entonces, del Chetumalito que estaba en el espacio que ocupa el Mercado de San Benito.

En una de las obras también se hacía alusión a aquel puente de metal que se instaló en la carretera a Progreso, a la altura de Cordemex, que decía alguno de los personajes en escena, “sería más útil si lo ponen para pasar de Chetumalito al Mercado Grande”.

Gracias a estos materiales, quienes no tuvimos la oportunidad de vivir en la década de los años sesenta nos enteramos que había en el Pasaje Revolución junto al Ateneo Penínsular, un lugar llamado “Vitamilk”, punto de reunión de los jóvenes de la época, lugar que se incluye en un divertido diálogo de la ya desaparecida “Chichí” Ayora, en los que retrata cómo era la vida de los meridanos en esos años que bailaban con la música de Los Aragón y que acostumbraban acudir a las retretas en la Plaza Grande.

Texto: Manuel Pool

Foto: Cortesía

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