Brexit

Uno de los signos más claros y alarmantes del nativismo que está recorriendo el mundo es la iniciativa de sacar al Reino Unido de la Unión Europea, conocida popularmente como Brexit. El jueves 23 de junio, unos 46 millones de británicos registrados para votar –además de medio millón de ciudadanos de Irlanda, Malta y Chipre que viven en el Reino Unido– decidirán si el país permanece en la UE o sale de ella.

El voto tiene, por supuesto, enormes consecuencias para Gran Bretaña y para Europa, pero también para el mundo. La eventual salida de la UE de la quinta economía global –invocando el nunca usado artículo 50 del Tratado de Lisboa– podría tener repercusiones negativas en los planos interno, continental e internacional, de acuerdo con organizaciones académicas, como la London School of Economics, y financieras, como el Fondo Monetario Internacional.

El principal argumento de quienes impulsan la salida del Reino Unido es que el país estaría mejor económicamente sin el “lastre” regulatorio y migratorio de Europa. Sin embargo, hay quienes sostienen que las supuestas ventajas del Brexit están montadas en ilusiones porque Gran Bretaña pagaría un enorme costo por ese boleto de salida.

El centro de estudios para el desempeño económico de la London School of Economics estima que el PIB del Reino Unido se desplomaría hasta 9.5% en el mediano plazo por la pérdida de ventajas comerciales que otorga la UE a sus miembros, además de que la reducción de inversiones que ocurriría por la salida costaría 3.4% adicional o más.

El viernes pasado, el Fondo Monetario Internacional advirtió que la separación podría provocar un periodo de “alta incertidumbre”, lo que conduciría a la volatilidad financiera.

También refiere que las contribuciones del país a la Unión Europea son tan reducidas (apenas 0.35% del PIB) que ese ahorro apenas se sentiría. Además, el proceso de divorcio, sobre el que no hay precedentes, podría ser muy largo, lo que prolongaría la incertidumbre económica.

Los especialistas recuerdan que el trámite para sacar a la isla de Groenlandia, un territorio danés, de la Comunidad Económica Europea se llevó dos años en la década de los 80. Luego, Gran Bretaña tendría que encontrar otro tipo de asociación con sus vecinos europeos –como el que tienen Noruega y Suiza, por ejemplo–, a menos de que quisiera renunciar a sus exportaciones libres de aranceles.

En marzo de 2016, exportó a sólo tres países de la Unión Europea (Alemania, Países Bajos y Francia) cerca de cinco mil millones de libras esterlinas, más de lo que exportó a Estados Unidos y China juntos (4.9 mil millones de libras esterlinas). Hacia dentro del Reino Unido, con el tema de la separación, seguramente renacería el independentismo en Escocia. Los escoceses, europeístas por convicción, tendrían menos motivos para quedarse en un país que se ha aislado y los ingleses tendrían menos argumentos para pedirles que se queden en el Reino Unido.

Para la Unión Europea, la separación de Gran Bretaña obligaría a mover el centro de gravedad de las finanzas, de Londres hacia París o Fráncfort, pero lo cierto es que ni la capital francesa ni esa ciudad alemana tienen la fuerza económica ni la respetabilidad de la City.

Además, Francia y Alemania quedarían a cargo de mover solas la pesada carga de la Unión Europea y agrupar a sus miembros rezagados, como Grecia. Por cierto que los griegos y otros habitantes de la UE comenzarían a preguntarse si realmente vale la pena quedarse en una asociación que acaba de perder a uno de sus miembros más importantes.

El FMI ha venido diciendo que el Brexit produciría “grandes disrupciones” en el comercio internacional, algo preocupante en momentos en que la economía del planeta no ha recuperado el ritmo de crecimiento que tuvo previo a la recesión desatada en 2008.

La pregunta es si la separación de Gran Bretaña de la UE sería la causante de todos esos problemas o solamente un síntoma de algo profundo que está ocurriendo a nivel internacional y algunos están alentando: el aislacionismo y la xenofobia.

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