Carrillista es inspiración para canción

La escritora Zulma Fuentes narra en un libro que Virginia Puerto Herrera, sobrina de Felipe Carrillo Puerto, es la inspiración del bambuco Novia Envidiada, que escribe Roberto Satlat, a petición de su pretendiente Rafael Rivero

La belleza de la joven Virginia Puerto Herrera, sobrina de Felipe Carrillo Puerto, inspiró en 1931, el bambuco “Novia Envidiada” que escribió el músico Roberto Satlat a petición de su entonces pretendiente Rafael Rivero Rivas. Ambos eran parte de una agrupación musical en la que también participaba Ricardo Palmerín, quien fue el encargado de musicalizar la célebre canción que es considerada de las más bellas de la Trova Yucateca.

Así lo relató la escritora Zulma Marcela Fuentes, descendiente de esta familia, quien a través de su obra “Tío Felipe, Arqueología Sentimental de mi Familia Yucateca” nos llevó a un mágico viaje a la Mérida de los años sesenta, y observar como eran las costumbres y tradiciones de entonces como las serenatas que en este caso le llevaron en ocasión de su cumpleaños número 20 a Virginia y en la que a manera de un regalo muy especial se estrenó la mencionada pieza musical.

Y vaya que la serenata cumplió su cometido, ya que dos años después, en 1933, los enamorados contrajeron matrimonio y procrearon a Virginia, Mercedes, Víctor y Gonzalo, primos de Zulma, quien rememoró aquellos encuentros que ocurrían en las vacaciones en la casona Colonial que habitaba la familia frente al Parque de San Juan.

Siendo una niña, los viajes los realizaba acompañada de su abuelita, Elia Puerto, que era prima hermana de Felipe Carrillo  Puerto, quien siempre le contaba anécdotas que reconoce, por su corta edad no alcanzaba a comprender.

—Sin fallar, dos o tres veces al año, viajábamos en ADO desde la Ciudad de México a Mérida, aquello era la dicha lo más anhelado por mi abuela, mi madre (Zulai Ortega Puerto), y yo. Trepabámos felices al autobús con nuestras almohadas, frazadas, provisiones de alimentos, crucigramas, historietas y naipes para el prolongado viaje —relató.

En aquellos días, para llegar por carretera a la Península se tenía que cruzar los ríos y la Laguna de Términos en panga,  chalanas o transbordador, pero aquel viaje larguísimo, no importaba ya que en Mérida, la tierra prometida les esperaba la Tía Virginia, acompañada de su hija Virginita en la estación de autobuses de la ADO, que entonces estaba en la terminal de los autobuses de la Ruta a Progreso, en la calle 62.

—Pujando y arrastrando las maletas recorríamos un trecho de la calle 62 hasta el parque de San Juan, y en el número 510 de la calle 69 justo en frente al monumento a Benito Juárez y los arcos de la iglesia estaba la casa la casona gigantesca de techos elevados, con sus vigas de troncos, con muros inmensos pintados en tonos color pastel, con un marco de cenefas vegetales embellecidos con óleos realizados por mi tía Virginia, y  los pisos de mosaicos negros y blancos como un tablero de ajedrez y en medio de la estancia el gran piano de cola. Eran  piezas y más piezas que no terminaban y balcones permanentemente abiertos protegidos por largos barrotes —detalló.

La serenata cumplió su cometido, ya que dos años después, en 1933, los enamorados contrajeron matrimonio.

—Todo era fascinante diferente y lo mejor era las hamacas columpiarse fuerte atravesando el cuerpo en diagonal y lo mejor, dormir toda la noche en esa cuna de hilos, cuyos brazos resistentes nos mecían,  y aquellas sutil cámara de gasa blanca,  pequeño habitáculo de nube tersa contra el asedio de los moscos que se inflaba con la brisa perfumada de la noche entre el rumor del inquieto follaje del algarrobo y los viejísimos aguacates del patio —agregó.

—Era un mundo mágico el que nos acogía, yo no podía creer tanta plenitud tanta frescura en la planta de los pies liberados de los zapatos negros y las calcetas gruesas y felpudas del uniforme de la escuela, por fin, las vacaciones, tiempo de disfrutar de las sabrosuras que guisaba la tía Virginia, hija única del tío Gonzalo,  hermano de mi abuela y primo hermano Por tanto de los hermanos Carrillo Puerto de Motul — concluyó.

Texto y fotos: Manuel Pool Moguel

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