Carta al hombre que me quiso estafar

Jhonny Eyder

jhonny_ee@hotmail.com

Me gustaría pensar que trataste de engañarme por una razón muy poderosa, o porque realmente necesitas dinero; de lo contrario, ya estarías sin trabajo. Te perdoné la grosería, y no espero tus “gracias”, sino que recuerdes que no todos somos malas personas como tú.

Cuando llegué a la gasolinera y apagué el auto me agradó que te acercaras con rapidez para atenderme. Fuiste amable en exceso porque yo no te pedí que revisaras el aceite del motor. Sin embargo, lo hiciste, y aunque me dio mucha pena, te dije que no quería un cambio de ese líquido.

Noté tu gesto de molestia y a lo mejor por mi “desplante” se te ocurrió intentar robarme dinero. Yo te pedí 300 pesos de gasolina y te pagué con 500 pesos. Ni siquiera te volteé a ver cuando te di el billete que tiene el rostro de Benito Juárez.

En segundos me diste un billete de 20 pesos repitiendo que la deuda era de 300 pesos, como si yo fuese un estúpido que no sabía lo que hacía. Te dije que era un billete de 500 el que te di y por lo tanto debías darme 200 pesos de cambio. Te hiciste el que no sabía y hasta sacaste de la bolsa de tu camisa un fajo de billetes, todos de 20 y 50 pesos.

—No tengo ninguno de 500, mire— me repetiste dos veces más.

No me bajé del auto y mantuve mi postura porque no estaba ciego para no ver el billete con el que pagué.

—¿Cómo le hacemos? — preguntaste.

Entonces comencé a verte impaciente, como alguien que se siente cerca del triunfo, muy al estilo del equipo de fútbol que defiende un gol al minuto 90. Pero no me iba a dejar, por eso te dije que llames a tu supervisor, gerente o al que se haga llamar tu jefe.

Te lo dije con voz fuerte porque insistías en que yo era el equivocado. Hasta amagué bajarme del auto y agarrarte a golpes y arrebatarme mi cambio. Tu rostro comenzó a mostrar preocupación, estoy seguro que detrás de esa pinta de prepotente te estabas muriendo de miedo. Nos miramos a los ojos y te repetí que llames a tu jefe, que me quedaría para solucionar el asunto.

Fuiste valiente hasta que saqué mi teléfono para llamar a la policía. Enseguida me dijiste que no era tu culpa, pero que no había problema.

—Tenga los 200, ni modo. Le repito, me dio un billete de 20, pero no quiero problemas. Déjelo así.

Agarré el billete de 200 y sin decir nada cerré el vidrio de la ventana. Encendí el auto y me marché. En el camino que me faltaba para llegar a mi casa pensé en ti, gordo despachador de gasolina, arrogante sujeto que quiso robarme dinero, ¿lo habrás intentado con otras personas?

Esa pregunta me rondó la cabeza por varias horas, quizás debí llamar a la policía o a tus jefes y así asegurarme de que te corran por ratero. Debí hundirte y hacer que te arrepientas de tus estupideces y de considerarme una “presa fácil”.

Debí hacerte mierda, pero no lo hice porque a lo mejor soy demasiado bueno o estúpido para hacer el mal ajeno, aunque te lo merecías. Jamás quiero volver verte, pero ojalá te des cuenta de tu error y recapacites, nunca es tarde para volver a comenzar.

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