Caterina (II)

Por Mario Barghomz

Un poco el deseo y el ímpetu (emociones naturales de lo humano), el impulso del enamoramiento y el hecho de que no hay nadie que se lo impida; Caterina quedará embarazada de Piero (al que apenas conoce), hijo de un hombre acaudalado y él mismo, un joven abogado, notario en Florencia.

Pero cuando Piero le propone a su padre casarse con Caterina, la pobre hija de un simple boticario del pueblo, éste se niega y lo amenaza, en caso de desobedecerlo, con desheredarlo, una de las peores deshonras para un hijo de “buena cuna”.

Así nuestro famoso genio Leonardo da Vinci nacerá bastardo, un término de uso común para los nacimientos monoparentales aún en la época decimonónica. Caterina será asistida en el parto por su tía Magdalena, en su propia casa como era costumbre entonces. Pero al día siguiente y como si no hubiera sido suficiente repudiar a Caterina y negarle el matrimonio con Piero, su pequeño hijo Leonardo, apenas de un día de nacido, le será arrebatado. Otra costumbre de la época con los hijos varones bastardos, que debían crecer como fuera, en casa del padre.

Pero esta historia también es la de Leonardo, de cómo crece y ya mayor (trece años) marcha a Florencia por sugerencia y bendición de la misma Caterina que le duele separarse de su criatura, para que vaya a estudiar al taller del maestro Andrea Berrocchio, de donde luego se trasladará a Milán bajo el mecenazgo de Ludovico Sforza, no sin la recomendación y consejo de Lorenzo de Médici para entonces protector y amante de su madre a quien conocerá en circunstancias atípicas pero favorables a su nuevo oficio boticario en Florencia y su preferencia y gusto por la cultura y su identidad intelectual.

Caterina (ahora Catón) vestida de hombre para poder sobrevivir en Florencia, vivirá con Lorenzo de Médici uno de los romances más extraordinarios de la historia (20 años), según nos cuenta Maxwell. Un amor, que a diferencia de Piero, irá creciendo solo con el tiempo y la convivencia a pesar de que en un principio Lorenzo no ve a Caterina, sino a Catón que ha recurrido a todo lo posible (hasta el timbre de voz) para que no la descubran.

“Pensé en los derechos que había adquirido al convertirme en hombre –dice en la página 262-. Ya no tenía que recurrir al estoicismo, en busca de la fuerza necesaria para resistir la inagotable descarga de malos tratos y mezquinos rumores que toda la aldea dirigía contra la desgraciada mujer en que me había convertido. Me paseaba por los mercados y las calles de la ciudad a mi antojo y, si me apetecía, iba sola. Asimismo, podía decir lo que quisiera y en el tono que quisiera y, si así lo deseaba podía incluso estudiar. La gente oía y respetaba mis opiniones. Participaba en todo tipo de discusiones sobre medicina sin que nadie me considerara una bruja, una extravagante esposa o un ser de otro planeta…”

¿Qué es lo que hacía falta para que expulsaran a Caterina de este nuevo paraíso y la arrojaran a las tinieblas del hades, como apunta Maxwell? Que se despojara de los jirones de tela con que se ceñía el pecho y volviera a ponerse un corpiño. Afortunadamente esto solo sucedió en la más hermosa de las intimidades posibles en su propia habitación, ante la mirada estupefacta pero extasiada de Lorenzo que ya sin reservas y sabiendo que Catón no era un hombre sino una mujer, la amó ya sin ningún prejuicio ni duda.

“Nacimiento, renacer…renacimiento –dice en la página 263-. Reflexioné jugando con la palabra en los recovecos de mi mente. ¿Cuánta gente recibe en su vida la bendición de un nuevo comienzo? ¿Cuántos apenas imaginan que volver a empezar es una posibilidad?”

Sin duda Maxwell ha podido diseñar una historia entre el argumento histórico, la reconstrucción creativa y el misterio de Leonardo a quien el mismo argumento le atribuye haber pintado la sábana santa, el famoso “Sudario de Turín”, además de que podemos también leer en las últimas páginas que quizá sea Caterina la enigmática “Mona Lisa”, la pintura más famosa del genio.

¡Pero qué más grande honor que haber sido simplemente la mamá de Leonardo y, por supuesto, ella misma! ¡Bravo por Caterina!

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