Columna | Somos testigos de un presente aciago

Por Jhonny Eyder Euán 

La vida detrás de las ventanas nos ha cansado mentalmente y ahora somos testigos de un presente aciago. Estamos agotados de la crisis sanitaria y de no hallar argumentos para estar tranquilos: no hay serenidad cuando a diario hay muertos y enfermos.

No hacen faltas noticias para acelerar derrumbes, basta despertar y saber que tienes que hacer lo necesario para vivir—eso que llamamos “ganarse la vida” —en medio de una pandemia y, en muchos casos, sin salir de casa.

Por semanas se ha intentado—a duras penas —continuar la rutina básica para subsistir. Muchas personas trabajan desde su casa o por pocas horas de manera presencial; otras están de vacaciones y miles de niños toman clases virtuales. Además, servicios de comida a domicilio se han intensificado desde que los restaurantes cerraron sus puertas.

Más que adaptarnos, hemos tenido que soportar el peso de las medidas sanitarias. Estar en casa es por ahora la única manera de evitar los contagios. Atrincherarse es nuestra misión diaria desde hace casi dos meses, sin embargo, todo lo que implica un aislamiento nos está torturando.

Muy lentos se han vuelto los días desde abril. Las series que vemos en plataformas digitales distraen, pero no aceleran el tiempo ni mitigan las ganas de salir a correr o ir al cine con amigos. Menos hacen olvidar que en la ciudad se sigue esparciendo un peligroso virus.

Estamos perdiendo la paciencia y no tenemos paz. La sensación de que debemos reducir la movilidad juega en nuestra contra y nos hace estar nerviosos cuando surge un imprevisto que nos obliga a salir a la calle.

Estar afuera ya no es como antes, ahora intimida ver a mucha gente con cubrebocas, con caretas y aguantes y gafas oscuras. Resulta curioso, pero es más desconcertante porque son imágenes propias de películas que sin pensarlo se volvieron reales.

Mayo está por terminar y las noches siguen llegando al igual que continúan las horas de cuarentena. A diario se encienden las luces de las casas para iluminar los espacios, aunque no aclaran a las mentes afectadas por un largo y tedioso confinamiento.

Estamos agobiados de las paredes y nosotros somos nuestro propio enemigo. Somos nuestro propio infierno, como dijo Sartre, porque estar “encerrados” nos ha dejado en un estado de confusión y desánimo.

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