Cualquier semejanza es mera coincidencia

Por Carlos Hornelas

Mientras nos movemos de cara hacia el siguiente período electoral, llama la atención los paralelismos que se pueden establecer entre los discursos y referentes comunes que utilizan como parte de su retórica, los presidentes Donald Trump, de Estados Unidos y Andrés Manuel López Obrador de México.

Para noviembre de este año están programados los comicios electorales, en los cuales los ciudadanos norteamericanos decidirán si ratifican otro período al presidente actual, o bien, si le dan la oportunidad a Joe Biden, candidato demócrata.

Paralelamente, en México, se renovará completamente la cámara de diputados mediante las votaciones programadas para el 2021, las cuales incluirían, de ser aceptada, la propuesta de adelantar el proceso, la llamada revocación de mandato que impulsa el presidente López Obrador. Cabe señalar que si se contemplara dicha propuesta, solamente procedería si el 40% de la lista nominal votara a favor de que se retirara.

Así, pues con las elecciones en uno y otro lado de la frontera próximas a realizarse, ambos presidentes han arrancado su campaña para mantenerse en el cargo.

Sorprende, discursivamente hablando, que mientras Trump reclama más tiempo en el cargo para poder completar su cometido, el presidente mexicano en su informe a la nación haya presumido haber logrado el 95% de sus compromisos al asumir la presidencia. Cualquiera que se opusiera a que continuara con su mandato podría utilizar estos mismos argumentos para señalar que no es indispensable su intervención en el resto del período.

De cualquier manera, ambos presidentes han incluido como parte de su estrategia discursiva culpar a fuerzas oscuras de obstruir el desarrollo de sus respectivos programas de gobierno, sus innovaciones tan necesarias, su legado de transformación, así como tratar de detentar el poder por medios ilegítimos. Ambos ven golpistas en quienes les señalan los errores de su gestión y hábilmente trasladan esas críticas objetivas al campo de su persona para victimizarse y convertir un error de gestión en un artero ataque personal al representante del pueblo.

Con tal estrategia, evaden la responsabilidad de sus dislates y malas decisiones advirtiendo que solamente reaccionan ante complots y conspiraciones de enemigos a los que no señalan con el dedo ni se dirigen a ellos por nombre, sino que existen en lo etéreo: los enemigos de América, los conservadores, los antiprogresistas, los neoliberales, los amigos de China o cualesquiera otros que puedan ser presentados como amenazas reales y contundentes del régimen que encabezan.

La prensa, por ejemplo, ha sufrido el acoso de ambos. Mientras más allá de la frontera Trump los ha llamado los enemigos públicos, aquí el presidente se ha dirigido a ellos como los emisarios del pasado, los articulistas de la mafia del poder o los gatilleros vendidos.

Ambos, desde sus respectivos púlpitos han arengado ser los presidentes más vituperados por los medios y en ambos casos han alertado al público sobre las tentaciones de los medios por hacerse del poder en sus respectivos países.

Las encuestas muestran asimismo, que en ambos casos la aprobación de sus respectivos mandatos va en declive. Para Trump significa estar a diez puntos de su contrincante y para AMLO la acumulación de quienes lo desaprueban alcanza hasta 58% de acuerdo con GEA-ISA. Con la pandemia se aplanó la curva, pero de aprobación en ambos casos, pues los analistas estiman que el manejo de la crisis ha resultado desastrosa en ambos casos: solamente hay que ver como ha repuntado la violencia en los dos países: allá por el racismo, aquí por la economía. Como diría el cantautor: no es lo mismo, pero es igual.

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