“El destino me puso frente a un huracán”

Los yucatecos siempre tendremos en la memoria aquel domingo 22 de septiembre de 2002, cuando el poderoso huracán “Isidoro” dio un inesperado y caprichoso giro para impactar a la Península, y causó horas más tarde uno de los peores desastres naturales en la historia de Yucatán.

Llevaba poco más de tres años trabajando como reportero en un medio local por cosas del destino y más por necesidad; sin embargo, desde que era pequeño admiraba a aquellos reporteros que por televisión transmitían los desastres naturales en el mismo lugar de los hechos; ahora, yo sería uno de ellos.

Desde la tarde del sábado 21 de septiembre el jefe de información nos reunió para decirnos que era “casi seguro” que el huracán pasaría rozando la Península, pero que existía el riesgo de que un frente frío impidiera su avance incluso lo desviaría.

A la mañana siguiente, todo transcurría de manera normal; las redes sociales no existían y los que tenían un celular eran la excepción. Los reporteros acudimos a nuestros medios muy temprano por la mañana, pero a eso de las 10 los reportes del Servicio Meteorológico Nacional alertaban y confirmaban que “Isidoro” daría un giro y se internaría en la Península de Yucatán.

Para ese momento, muchos meridanos ya estaban en sus centros de trabajo y algunos cumplían con los compromisos familiares y religiosos del domingo. Para mí, la indicación fue acudir al Ayuntamiento de Mérida y al Palacio de Gobierno. En ese año, México, Yucatán y Mérida eran gobernados por el Partido Acción Nacional. Vicente Fox, Patricio Patrón y Ana Rosa Payán estaban frente a una dura prueba.

Al mediodía, muchos meridanos todavía ignoraban que “Isidoro” estaba a punto de impactar la Península; sin embargo, vino la orden del Gobierno de permitir que los empleados de centros comerciales regresarán a sus casas; no obstante, muchos no lograron salir y otros no llegaron a sus casas porque el servicio de transporte ya estaba suspendido.

A las 2 de la tarde, la lluvia y los vientos comenzaban a ser más fuertes. Por las calles del centro la gente corría; otros, pensando que se trataba de una simple lluvia, paseaban en el centro de la ciudad.

Recuerdo que ese día, una maestra que llevaba varias semanas en protesta frente al Palacio Municipal se resguardaba dentro de una improvisada casa de campaña. Para las cuatro de la tarde ese toldo había volado por los aires.

Decenas de personas no tuvieron más remedio que resguardarse en el Palacio de Gobierno y en el Ayuntamiento, muchos de ellos trabajadores que intentaban llegar a sus hogares. A partir de las cinco de la tarde, el viento arrasaba con todo a su paso; los cristales de los comercios se rompían, espectaculares caían, los arboles de los parques caían uno a uno, acabando con el patrimonio verde de Mérida. Alrededor de las 6 de la tarde, como un regaño divino, el huracán abrió la puerta de la Catedral haciendo un ruido estremecedor.

A las 8 de la noche vino la calma: el ojo de “Isidoro” atravesaba Mérida; los que nos resguardábamos en el Palacio de Gobierno salimos a la calle sólo para darnos cuenta del desastre que nuestra ciudad había sufrido…,pero vendría lo peor, pues minutos después las paredes del huracán volverían a impactar la ciudad con vientos de más de 250 kilómetros por hora.

Así transcurrieron las horas. Alrededor de las 9 de la noche me trasladé a la redacción. Las calles eran vestigios de la batalla entre el hombre y la naturaleza, ahí estaba mi oportunidad de informar al mundo lo que había ocurrido en Yucatán. Poco importó el cansancio, ¡lo más importante era escribir mi nota….!

Texto: Jorge Euán
Fotos: Arturo Miranda

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