El mito de las falsas denuncias

Por Carol Santana

Este fin de semana una nueva ola de acusaciones y denuncias surgieron en contra de agresores en el mundo literario. El movimiento #MeTooEscritoresMexicanos en Twitter abrió la posibilidad a más mujeres de contar sus historias y nombrar a sus agresores en otras áreas como el cine o la académica.

Conforme este tipo de movimientos o denuncias suceden, las voces de quienes exigen pruebas para demostrar legalidad de estos ataques no se hacen esperar: ¿Por qué esperar hasta ahora? ¿Por qué siguió conviviendo con su agresor? ¿Por qué no denunció ante las autoridades correspondientes? ¿Por qué si Fulanito es una bellísima persona se quiere manchar su nombre?

Y lo entiendo, estas preguntas suenan lógicas para aquellas personas que cuestionan la veracidad de las denuncias en línea y en “tiempos” donde la palabra de las víctimas “pesa más” que la de sus agresores. Creyendo posible que las acusaciones y denuncias falsas están a la orden del día y son resultado de la envidia y el coraje que ciertas mujeres le tienen a sus ex parejas o a estos individuos con los que en algún momento compartieron espacios.

Sin embargo, denunciar una agresión nunca conlleva algo benéfico para la víctima.

Hacer una denuncia pública implica muchísimo valor, porque no sólo es revivir la agresión, es enfrentarse a una gran parte de la sociedad que la hará sentirse culpable una y otra vez por “haber permitido” cualquier tipo de violencia, como si esta haya sido su responsabilidad. Cuestionarla una y otra vez el cómo, cuándo, dónde y por qué. Es enfrentarse al séquito de trolls o compas de su agresor a que la tachen de mentirosa, u oportunista.

Es llegar a la conclusión de que al final, por muchas voces que estén apoyándola, parece que decir en voz alta el nombre de su agresor implica más peligro para ella que para él, quien seguirá siendo premiado y solapado.

Peor, cuando les preguntamos porqué no denunciaron ante las autoridades cuando bien sabemos lo ineficientes que pueden ser. Y cuando llamamos “cacería de brujas” a la consecuencia de los actos de estos agresores quienes nunca van a pagar del todo por sus crímenes.

Denunciar por moda no es una realidad, en especial cuando en México, sólo el 2% de las agresiones sexuales se denuncia.
Las falsas denuncias nunca dejarán de ser un pretexto para que sigamos culpando a las víctimas en vez de cuestionar nuestro papel en un sistema que permite que nos importe más la reputación dañada del agresor que el daño que infligió contra sus víctimas.

 

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