El momento presente

Por Mario Barghomz

Una vieja filosofía derivada del hinduismo y el budismo habla de cómo evitar que los pensamientos perturben la paz del alma (nuestra paz interior). De cómo a través de la meditación, la relajación (mental, emocional y física) y el yoga (término de origen sánscrito que significa la unión del individuo con el Cosmos y la divinidad) la persona puede llegar a establecer contacto con lo más profundo y significante de su “Yo”.

Vivir el momento presente, el “aquí y ahora” sin dejar que nuestros pensamientos nos perturben para acceder a la relajación plena de nuestra unión con el espíritu y nuestro encuentro real y de relación mutua con cada elemento de nuestro Universo, es lo que se busca en cada mantra, en cada ejercicio de respiración, de relajación y de concentración en nuestro propio “Yo”.

“Vivir ahora”, anatema derivado de esta filosofía, parece invitarnos precisamente a vivir el momento presente sin las obvias perturbaciones de un pasado (reciente o remoto) que nos lastime o nos distraiga, y un futuro que regularmente nos agita con su invariabilidad de incógnitas.

Pero vivir el ahora tampoco quiere decir que nos olvidemos de la conciencia y la responsabilidad con la vida misma. Que todo se vale y todo podemos hacerlo en un momento dado. Que no importa qué pase para aprovechar el día ¡ahora es cuando! ¡ahora o nunca! dice la voz popular ignorando toda razón suficiente de prudencia y reflexión.

“Carpe diem” (vivir el momento) no quiere decir que lo echemos todo por la borda en un alarde de entusiasmo desmedido. Esta sin duda no es una filosofía sino una actitud atrevida de mentes ansiosas y alteradas, precisamente alejadas de lo más espiritual y sano de una mente relajada y en equilibrio.

¡Aquí y ahora! Ha sido interpretado en los países occidentales y carentes de una filosofía espiritualizada, como un permiso fuera de toda meditación y reflexión, como una carta en blanco donde puede escribirse lo que sea. De ahí que juicios poco racionales como “lo que pasa en las Vegas se queda en las Vegas” pueden ser tan lamentables para el espíritu como para todo aquello que implique hacer algo en medio de la oscuridad o la ignorancia. En las Vegas no es el juicio (ausencia de espíritu) sino el deseo por el placer fatuo lo que demanda una experiencia para llenar una carencia o un vacío.

El ¡aquí y ahora! en países como el nuestro es pan de cada día, sobre todo de jóvenes que parece que quieren acabarse el mundo en un momento, en una fiesta, en un viaje o en una competencia atlética donde darlo todo es lo único que parece dar sentido a su propia aspiración de triunfo, pero que de algún modo, tarde o temprano, quebrará su existencia.

Quizá el misticismo hinduista y tibetano en cerebros occidentales, con otras pautas de vida y otras necesidades, se ha confundido en aras de un simple hedonismo (también mal entendido) superficial y sibarita. Y tal confusión deriva en la idea no de cultivar el momento último presente de nuestra vida, sino de malgastarlo en la excitación y placer de aquello que confundimos con la felicidad, y que no es sino la pura sensación de un exceso de adrenalina en cerebros alterados en el ¡aquí y ahora!

Lo cierto es que en nuestra vida (la de todo humano en la Tierra) todo debe tener una medida; balance que nos dará más certeza y equilibrio. El ¡aquí y ahora! no es una regla y ni siquiera una filosofía en Occidente. Es un mero estado de ánimo y un entusiasmo desmedido en aras solo a veces del placer efímero.

Vivir el ahora con plenitud cobra sentido solo llevado a cabo como una filosofía de vida, y no como un simple deseo hedonista de satisfacción espuria, de puro y terco entusiasmo.

En este sentido, habrá que enseñarse a vivir el AHORA, pero no como si fuera la última vez o el último día, sino como parte de un compromiso más consciente y más espiritual con la vida. El momento presente debe ser lo más hermoso de la vida, lo más vital y significativo; la suma de todos los momentos vividos o la esperanza misma centrada en la experiencia presente de vivir el AHORA.

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