El riesgo de todos los días

Jhonny Eyder EUÁN

jhonny_ee@hotmail.com

La primera vez que choqué mi auto fue en mi propia casa. Entraba de reversa a la cochera, no calculé la distancia y el auto se impactó contra la pared. Fue un escándalo. Pasé horas viendo las rayaduras y abolladuras sin dejar de sentirme mal por mi falta de habilidad para conducir.

La segunda vez que choqué mi auto estaba manejando por una autopista muy larga con  rumbo a un centro comercial para comprar libros. Escuchaba a Bee Gees cuando tuve que disminuir la velocidad, pues para ir a la librería debía pasar bajo un puente. Adelante de mí había cinco coches que esperaban el turno para cruzar la rotonda situada bajo el puente vehicular.

Pasaron como cinco minutos y la fila no disminuía. Incluso se reprodujeron dos canciones más y mis llantas seguían sin moverse. De pronto, el auto de adelante avanzó rápidamente y los demás lo siguieron; me moví despacio pero observé que sería imposible evitar una colisión con los automóviles de la otra carretera. Paré en seco y en eso una camioneta me chocó por atrás. Otra vez la parte trasera.

Era una Jeep a la que no le pasó nada. En cambio a mi auto fue como abrirle una herida del pasado. El embotellamiento fue inmenso, aunque no más que la rabia que sentí por el percance. El rubio conductor de la Jeep nunca se quitó los lentes oscuros cuando me reclamó por titubear y no cruzar la avenida. Seguro me agarraba a golpes sino fuese por los policías que llegaron a auxiliarnos.

La tercera vez que choqué mi auto fue inevitable. Conducía durante la madrugada por una autopista de tres carriles. Al salir de una curva un perro se atravesó en el camino del coche que iba adelante. Ese vehículo maniobró para evitar atropellar al perro y se metió al carril por donde me acercaba, por lo que yo también tuve que maniobrar para no estrellarme contra su parte trasera. La intempestiva acción hizo que me saliera de la carretera y terminase volcado después de chocar contra un árbol. Sobreviví a ese siniestro al igual que el otro conductor y el animal, aunque mi coche no tuvo la misma suerte.

No ha habido cuarta ni quinta vez, pese a que se han dado las condiciones para que el conteo continúe. He pasado por avenidas en las que conductores imprudentes casi me chocan por detrás o por los costados. He visto a otros pasarse los altos e ignorar las zonas de peatones.  También salir de los estacionamientos se ha vuelto peligroso cuando a alguien se le olvida encender las luces intermitentes. Igual las glorietas son áreas de riesgo porque no se respetan las reglas para cruzar y hay automovilistas que conducen como desquiciados.

En resumen, no hay cultura vial y eso hace que los conductores estemos expuestos a sufrir accidentes. La simple acción de estar al volante ya implica un riesgo, pero si a eso le suman la falta de compromiso y seriedad de los ciudadanos, el peligro es mucho mayor.

Con el tiempo he aprendido que cada vez que maneje para comprar un café o para ir trabajar, estará latente la posibilidad de que ocurra un accidente, no tanto por mí, sino porque hay millones de personas más que conducen y a veces no tienen la suficiente precaución.

Hace mucho me dijeron que necesitaba chocar al menos una vez para aprender bien y perder el miedo a conducir.  En mi caso sí perdí el miedo al volante, aunque del primer percance valoro más el haber aprendido que manejar es una actividad que requiere mucha responsabilidad y valentía.

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