Error de película

Por Alonso Millet Ponce

En una producción cinematográfica el montaje es la tarea de armar la película con lógica, sentido y ritmo de narración. Entre sus componentes más importantes se encuentran el guion, la puesta en escena y la edición. Si alguno de estos falla, el producto se altera y puede ocasionar sesgos en la trama. Algo parecido sucedió en la madrugada del cinco de septiembre en Nuevo Laredo, Tamaulipas.

Aquel día empezó con una “poco relevante” noticia en los periódicos: ocho personas, supuestos integrantes del Cartel del Noreste Tropa del Infierno, fallecieron en un enfrentamiento contra elementos de la policía estatal y del Ejército. Como si se tratase del pan de cada día, un evento cualquiera, se tomó la historia presentada por las autoridades como una excelsa maniobra de seguridad y combate al crimen organizado y se dio vuelta a la hoja. Sin embargo, los espectadores de aquella historia empezaron a darse cuenta de errores en la trama…

Los residentes de Valles de Anáhuac, lugar donde supuestamente ocurrieron los hechos, empezaron a dar testimonio de lo ocurrido aquella madrugada:

“Se escucharon balazos, pero no seguidos… como ráfagas no… como cuando golpean algo así fuerte… como un calibre fuerte… primero se oyó uno, luego el otro y luego el otro” (testigo de Nuevo Laredo).

“Como balacera que se haya oído, no; como que les dieron tiempo de tirar y nada más se oía ‘Pum, pum, pum’ …” (testigo de Nuevo Laredo).

Sospechas del público… ¿realmente se trataba de narcotraficantes? Los errores se hacían cada vez más evidentes.

Calles 10 y 7, domicilio de Severiano Treviño, empleado de una empresa de refrescos. Residen con él su hija y su nieta, de dos años de edad.

“Estábamos dormidos, eran las siete de la mañana… cuando de repente tumbaron la puerta [los agentes de seguridad]; mi papá corrió conmigo y con la niña, pero lo regresaron a golpes para atrás y yo me iba a salir cuando se metieron cinco conmigo pa´l [sic.] cuarto y me dijeron que no los mirara a ver, que me tapara la cara; mientras a mi papá lo tenían en la cocina golpeándolo y le decían que sacara las armas, a lo que mi papá contestaba ‘no señor, yo no sé de que está hablando, yo trabajo en la Coca…’. Ellos le decían que ‘no se hiciera pendejo, que las sacara’, mientras lo seguían golpeando en la cocina…” (Kassandra Treviño).

“Yo vi cuando le pusieron el pantalón, las botas, le pusieron casco… así como apareció muerto”.

El guion empieza a sufrir alteraciones no contempladas; empiezan las confusiones y las dudas en el sentido y ritmo de la narración.

Fue entonces cuando se supo de otras personas detenidas por la fuerza y sin una orden clara de arresto en diferentes partes de Nuevo Laredo, destacando una estudiante de Edomex que recién había llegado a la ciudad con su novio y una sexoservidora de veinte años con dos hijos. A ello se le sumó la acusación de la CDHNL, afirmando que el vehículo en el que estaban los “delincuentes” fue arrastrado por una grúa de tránsito municipal hasta el lugar del supuesto enfrentamiento alrededor de las seis y media de la mañana y que en realidad ésta se encontraba ¡a cinco kilómetros de los acontecimientos!

“La camioneta no contaba con blindajes ni con balazos, el vehículo iba limpio y con las llaves en encendido …”, aseguraba el chofer de la grúa que transportó el vehículo, a quien se piensa amenazaron de muerte en caso de negarse a hacerlo. Respaldado por los videos de cámaras de diferentes colonias de la ciudad, las declaraciones de un inocente operador de grúa terminan por hundir la historia inicial.

Y el montaje, en un primer instante creíble, se desmorona. La policía estatal y el ejército mexicano quedan una vez más evidenciados por un evento que se asemeja más a un error cinematográfico que a una labor de defensa ciudadana; una labor que pone en manos de unos cuantos la vida de muchos.

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