Historia de una desaparecida iglesia de Mérida

Un estacionamiento antes era una iglesia hecha para albergar el culto público para los negros y sus castas que no podían ir a la Catedral

Resultado de la investigación que, durante más de una década realizó el antropólogo Sergio Grosjean, junto con su colega Jorge Victoria, en días pasados vio la luz la obra “Muros Centenarios, Polvo del Recuerdo”, donde se muestra la acumulación de historias diversas que han acaecido en el céntrico predio urbano de Mérida durante varias centurias, desde tiempos precolombinos hasta el presente.

“En dicho predio, el de la 515 A de la calle 64, entre 63 y 65, y que es en la actualidad un estacionamiento, se edificó en el siglo XVII a iglesia del Santo Nombre de Jesús, que fue hecho para albergar el culto público para los negros y sus castas que no podían ir a la Catedral o a tercera orden”, explicó el arqueólogo Grosjean, quien recordó que este fue el punto en el que coincidió con el antropólogo Jorge Victoria para unir las investigaciones que de manera separada realizaban, en este último caso referente a la población negra.

“Lo interesante es que logramos hacer una interpretación arquitectónica de cómo fue este templo”, detalla el entrevistado, quien destaca la importancia que tuvo esta iglesia al grado que el Obispo Carrillo Ancona, que también fue un importante historiador en el siglo XIX, acobijo prácticamente este templo que tuvo varias remodelaciones.

El lugar se conoció también como Dulce Nombre de Jesús, y se menciona su posible nombramiento como Capilla Real una vez que los anteriores parroquianos la desocuparon. Posteriormente el inmueble, que tuvo un papel importante en la guerra contra los imperialistas, cambió su designación a el nombre de Jesús María, y en 1907 obtuvo su nombramiento como Santuario de Nuestra Señora de Yucatán.

En 1915, a la llegada de Salvador Alvarado, expropió dos templos, el de San Juan de Dios, que está junto a la catedral, que también fue museo de la ciudad y cuyo acceso principal quedó dentro de un estacionamiento en la calle 61, y el de Jesús María.

Este último inmueble fue entregado a los masones que modificaron la construcción con arquitectura neo maya para utilizarla como su logia. Las modificaciones corrieron a cargo del arquitecto Manuel Amabilis que le retiró las torres, y luego se las quitó porque había el proyecto de hacer el museo de la ciudad, lo que nunca ocurrió, y al final de la historia, se vendió el predio que en 1950 fue demolido para terminar su uso actual como estacionamiento público.

Resultado de la investigación que, durante más de una década realizó el antropólogo Sergio Grosjean (foto de abajo), junto con su colega Jorge Victoria, en días pasados vio la luz la obra “Muros Centenarios, Polvo del Recuerdo”.

Lo llamativo del caso es que de la iglesia antes mencionada por increíble que parezca, no existen más imágenes que una tomada a la distancia en la que solo se observan las torres del templo, por lo que sin duda fue apasionante la labor que realizaron ambos antropólogos, quienes propiamente se dieron a la tarea de encontrar un eslabón perdido en el Centro Histórico de Mérida.

“Es de los pocos casos que se ha podido investigar desde el periodo prehispánico hasta prácticamente 1950, ahí fue donde estaba la parte central de la antigua T’Ho, y aunque no había estructura prehispánica, seguramente fue ocupada por los antiguos mayas como una zona habitacional”, detalló el arqueólogo Grossjean, quien también comentó que en 1907 el templo fue objeto de una importante remodelación en la que se le agregaron frescos.

“Era una iglesia preciosa y cuando llegó Alvarado, es cuando se le cercena las torres y se le otorga a los masones, y ya en 1950 para nuestra desgracia desapareció para terminar convertido en un estacionamiento público. Hubiera sido maravilloso que se conservara, aunque sea el templo masón, no fue así y se eliminó parte de nuestra historia, es una lástima”, concluyó.

Texto y fotos: Manuel Pool / Cortesía

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