Impostoras

Carol Santana Franco 
@VenusInPiscis

La semana pasada, el hastag #EscriboYCobro se volvió tendencia gracias a que la actriz Martha Mega impulsara a las escritoras a hablar de su trabajo al escribir, así como de cuánto cobraban.

Artículos, traducciones, guiones y correcciones de estilo fueron los trabajos más citados entre las internautas. Mismas que no sólo contaron lo poco que recibían por su labor, sino también por todas las trabas que han tenido que atravesar para poder sobrevivir en la industria creativa.

Por ejemplo, el no asumirse como escritoras. La falta de oportunidades en las diferentes industrias, el acoso sexual, el trabajo no remunerado para amigos y pareja, así como el ser sacada de proyectos que ellas mismas cocrearon.

Sin embargo, un tema en el que muchas coincidieron fue en la inseguridad que les costaba reconocer su trabajo como algo valioso, importante y que merecía ser remunerado.

Es bastante común para las mujeres vivir con síndrome del impostor durante toda su vida. Si bien no es algo exclusivo de un género, las condiciones sociales en las cuales nos desarrollamos han hecho más difícil que las mujeres se sientan merecedoras de su éxito.

Por ejemplo, la existencia de la brecha salarial, el que exista una presión patriarcal para alcanzar un ideal de belleza y de éxito femenino, así como el que constantemente se critique y castigue a las mujeres ambiciosas en el imaginario colectivo, han hecho que millones de mujeres tengan dificultades con reconocer su valor y exigir un intercambio económico justo por su trabajo.

Sentirnos como impostoras o fraudes a pesar de tener un currículum increíble o ser buenas en nuestro trabajo es un tema que atormenta a muchísimas mujeres que se desempeñan en diferentes áreas —y a veces estas ni siquiera están en la fuerza laboral—.

Al mismo tiempo, vivimos en una era donde la palabra empoderada se ubica en todas partes, y parece a veces que si un contenido o producto no está destinado a empoderarnos ni siquiera lo volteamos a ver.

El problema es que, esta falta idea de empoderamiento al final nos hace más daño, pues nos sentimos creyendo un fraude y dudando de si debemos o no cobrar por nuestro trabajo.

No creo que el síndrome de la impostora desaparezca de la noche a la mañana, pero sí creo que si comenzamos a consumir y a confiar más en el trabajo de las mujeres, poco a poco podamos romper la barrera del impostor, y claro, nos dejará de costar pagarles lo que merecen o lo que piden por su trabajo.

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