Kalimán y sus platillos voladores

Han pasado 48 años desde que don Edilberto Balam Magaña, conocido como “Kalimán”, por su afición a leer esa historieta, inició en la glorieta del Monumento a Carrillo Puerto, en el Paseo de Montejo, la venta de sus famosos “platillos voladores”, sándwiches de jamón y queso aderezados con mantequilla, que al dorarse sobre un brasero adquieren un sabor muy especial.

Con el paso del tiempo este tentempié, que se ofrecía de manera adicional a los tradicionales perros calientes con tocino, adquirió tal notoriedad, que inclusive es citado y recomendado en varias reseñas gastronómicas que circulan en internet. Es ya parte importante en las anécdotas de los noctámbulos, que hasta las 2 de la madrugada buscan saciar su apetito después de haberse ido de fiesta.

-Cuando visitaba a mi novia que vivía por el rumbo de Reforma, acostumbraba caminar de regreso a mi casa en el Fraccionamiento La Huerta, y desde eso vengo a comer con Kalimán, ahora con mi esposa y en coche, por eso ya no soy el flaquito de ese entonces– relató uno de los clientes al equipo de Punto Medio.

Llama la atención cómo en el modesto carrito de perros calientes, se forman largas filas de clientes, que pacientemente esperan a que se les sirva su orden, que a veces lleva más tiempo de lo que se piensa por el hecho de que solo se cuenta con un brasero en el que se coloca la rústica sandwichera, en la que solo cabe una de estas delicias. Pero a decir de quienes han sido clientes desde niños o jóvenes, bien vale la pena esperar.

Uno de esos clientes es Enrique de Jesús Martín, que recuerda con mucha estimación a don Edilberto, quien falleció hace siete años, y cuya imagen se encuentra en el carrito que ahora atienden su hijo Enrique Balam Duarte y su cuñado Fernando Duarte, quien se apresura a sacar los pedidos de la clientela, que reclama porque se acabaron los perros calientes y los últimos platillos voladores antes de las 12 de la noche.

En medio del ajetreo, don Fernando comentó que cuando comenzaron a vender, justo en el año de 1970, los perros calientes costaban un peso, y la salchicha no era frita como ahora, sino que se sancochaba en el vapor, y la cebolla se servía cruda y picada en cuadritos.

-¿Sabes cómo se le llamaba a la mantequilla que se le ponía desde ese tiempo? Grasa de carreta, que porque era más barato ponérsela para lubricar las ruedas de madera que el aceite– comentó don Enrique.

El entrevistado rememoró que Kalimán junto con otro compañero, de apellido Poot, que tiene un puesto similar del otro lado de la avenida, eran empleados del restaurante La Reina de Montejo, cuyo propietario les entregó a cada uno un carrito de perros calientes como liquidación, y lo demás ya es historia.

– Allá también venden platillos, son los dos únicos lugares en los que se pueden encontrar en toda la ciudad, pero como los de Kalimán, no hay otros. Mada más cuando se acaban como ahora vamos con el amigo Poot– manifestó otro de los comensales, quien para evitar que se vendan los últimos platillos voladores, se apropió de la bolsa de pan para irlas pasando de una en una a don Fernando, para que se los preparara.

Texto y fotos: Manuel Pool Moguel

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *