La cima de la montaña

Jhonny Eyder

jhonny_ee@hotmail.com

Hace un año estaba planeando un viaje por la selva para sentirme explorador, uno de esos aventureros que suben montañas y luego las bajan para admirar los cultivos de café. Quería andar por Chiapas, Oaxaca, Puebla, y así hasta llegar al centro del país.

Pensaba tener una vacaciones de maravilla que culminarían con una caminata por el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México. En ese lugar me vería con Ángel, mi amigo de la infancia que desde hace años radica en la capital y quien me invitó a su casa para reencontrarnos y beber café en el balcón del edificio donde vive junto a su esposa Helena.

El viaje estaba programado para abril, aunque lo empecé a planear en días como hoy para que todo salga bien. Es mejor así, para evitarse problemas con aerolíneas y hoteles. Además, un viaje de tres semanas no puede organizarse en días.

Estaba muy contento porque cumpliría el sueño de viajar. Toda la vida me la pasé trabajando por mi familia y escaseaba el tiempo para mí. Por eso, desde que enviudé y mis hijos emprendieron sus propio camino, decidí hacer algo bueno con mis últimos años de vida.

Comencé este diario para distraerme, reanudé las caminatas por la mañana y dejé de consumir alcohol y tabaco. Me propuse cumplir mis viejos sueños de joven, en especial el de viajar en avión por el mundo. Mi ambición fue Europa, aunque fui sensato y le hice caso a mis bolsillos.

Recuerdo que después de reservar los boletos de avión, mi amigo me llamó por teléfono para saludar y decirme que esperaba ansioso mi llegada. Parecíamos dos chiquillos con el teléfono en la oreja que no ocultaban su alegría por verse para jugar a las canicas.

Las semanas previas al viaje mantuve comunicación vía Facebook con Ángel; me enviaba fotos y videos de la zona donde vivía, y me daba consejos para cuando esté en la cima de las montañas. También mis hijos me recomendaron un par de cosas cuando se enteraron de mi tour; fueron enfáticos al decir que llevara varios abrigos.

Hace un año ya estaba por viajar y yo era pura felicidad. Nunca es tarde para cumplir los sueños, no importa lo que digan los demás o lo viejo que te veas, mientras respires, lo puedes todo.

De la emoción pasé a la frustración y tristeza. Mi viaje no pudo ser. Las razones no vale la pena recordarlas, estoy harto de decirlas cuando en la televisión las repiten a diario. Perdí mucho dinero, pero eso no era lo importante. Helena cayó enferma y mi amigo sufría por ella. Quise ayudar, pero me fue imposible.

A la semana, Ángel también se enfermó y su situación fue más delicada que la de su esposa. Ambos murieron sin despedirse el uno del otro. Los dos fueron cremados y sus cenizas se las llevaron sus hijos.

De querer viajar a estar encerrado día y noche. Ese es mi realidad un año después. He pasado un año de tristeza, aunque ya veo el final. Estoy enfermo de lo mismo que Ángel y su esposa. No sé cómo pudo pasar, aunque sospecho que fue el mecánico al que llamé para que me ayudase cuando el aire acondicionado del auto no encendía. Estoy enfermo y triste. Ya lo saben mis hijos y en cualquier momento me llevan a un hospital. Ojalá sea una clínica de más de dos pisos, así al menos sentiré que voy a la cima de la montaña.

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