La corrupción somos todos

A estas alturas sabemos que la asfixia lenta y dolorosa de nuestro país es la impunidad y la precursora de casi todos los males, la corrupción. Sin embargo, hemos vivido tantos años inmersos en la corrupción que no nos damos cuenta de ella y vemos que si un funcionario o servidor desvía recursos públicos para sus fines personales ponemos el grito en el cielo y nos desgarramos las vestiduras mientras clamamos por justicia y mientras lo hacemos estamos hablándole al compadre para que nos haga un paro y nos ayude a que nuestro hijo entre a la Universidad.

Desconfiamos de la policía por su fama de corruptos y no obstante, si nos detienen o nos multan, insinuamos una lana "pa´los chescos" y si no la aceptan, en lugar de felicitarlos por su honradez e integridad, nos ponemos a gritar y a amenazar soltando el clásico y famosísimo "¿No sabes quién soy yo?" como si esa frase, fuera el mítico "Ábrete Sésamo".

La corrupción no es solo cuestión de dinero, es la perversión de todo lo bueno de nuestras vidas, es mentir para que nuestros hijos falten a la escuela y mandar un justificante falso enseñándoles a nuestros niños que la mentira rinde frutos y hace la vida más sencilla, es alentar al comercio informal diciendo que están trabajando cuando sabemos que la piratería es un ilícito y que no pagar impuestos es una irresponsabilidad. Corrupción es hacerle el favor a unos porque nos llevamos con ellos y afectar a otros porque nos caen mal, es llevarse los enseres de la oficina a la casa, es justificar todos los medios turbios con la idea de que el fin es lo que vale.

Es usar el poder político, económico o mediático para señalar, sojuzgar, humillar y mentir a conveniencia creyendo que se está por arriba de todo concepto ético.

La corrupción es la precursora de la violencia pues es la precursora de la impunidad, del aquí no pasa nada, del con "lana" se resuelve, con una moche se acaba.

La corrupción es la precursora de la pobreza pues es la que propicia la desigualdad, la carencia de oportunidades, la que privilegia a unos cuantos mientras afecta a miles.

Todos sabemos que la corrupción nos ahoga pero no sabemos como detenerla pues estamos inmersos en ella, las paredes del vaso se extienden hasta el infinito y las gotas caen sobre nosotros y no importará la última gota que derrame pues, ya estaremos ahogados en el vaso de agua.

La corrupción somos todos dicen algunos spots y aunque duela, es una verdad incuestionable aunque seamos de los que nunca daremos mordida porque va en contra de nuestros principios, de los que haremos la fila pues somos iguales a todos, de los que primero nos cae un rayo antes que pedir un favor a un amigo con cierta posición y es incuestionable pues hasta los que no cometemos actos de corrupción, cometemos el acto de omisión. Callamos ante lo que vemos y no denunciamos porque no creemos que se resolverá, callamos porque es el primo de un amigo, el amigo de un amigo, el compadre, el vecino, el propio amigo el que lo comete y deseamos que no sea la norma sino la excepción, queremos creer que esa persona que conocemos de toda la vida no está pidiendo mochada para destrabar un asunto o dar un permiso, que no está vendiendo facturas para justificar en papel, que no tiene una comercializadora y paga del 10 al 15% al encargado de compras para que sea al que le compran y ese 10 ó 15%

se le aumentará al costo y todos lo pagaremos. Callamos porque no es nuestro asunto y nos justificamos diciendo que al menos, nosotros no lo hacemos…

La corrupción somos todos y no solo estamos acostumbrados sino que lo estamos enseñando a la siguiente generación.

Si queremos acabar con la corrupción hay que acabar con la impunidad, hay que denunciar las veces que sea necesario así no pase nada y hacerlo hasta que pase, hay que hacer válida la ley y lograr que los sistemas anticorrupción sean independientes de los gobiernos y cuenten con el respaldo de la sociedad, que los institutos de transparencia están bajo sus órdenes y que las contralorías envíen toda recomendación con copia a esos sistemas.

Tenemos que cumplir con la ley y hablar alto, claro, conciso y directo. Tenemos que sumar nuestras voces para que no exista ni el acto de corrupción, ni el silencio complice que permite la impunidad.

Sí, quizá no logremos cambiarlo pero, al menos nuestros hijos verán el intento y quizá ellos sí, logren acabar con décadas de corrupción tolerada, aceptada, aplaudida; de silencio cómplice y de impunidad desbordante, reconocida y hasta, tristemente, admirada.

Ya basta, ya no más, ¡Ya no!

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