La entropía del cuerpo

Mario Barghomz
mbarghomz2012@hotmail.com

Qué difícil es o puede parecer la vida cuando somos ajenos al orden de un sistema. En este caso, al de nuestro propio cuerpo.

La palabra entropía que utilizo en el nombre de este artículo, designa un “desorden molecular”. El término se utilizó por primera vez para nombrar un desorden molecular de un sistema físico. Y Stephen Hawking lo usó para hablar de “incertidumbre” dentro del plano cósmico de la Física Cuántica, en su famoso libro “Historia del tiempo”.

Yo quiero usar la palabra como un antónimo de “homeostasis”, que designa orgánicamente todo lo contrario: orden.

Y es que mientras nuestro organismo corporal sostenido por sus principales sistemas de vida: nervioso, endocrino, linfático, muscular y óseo, se mantenga en sana y buena comunicación bioquímica, todo irá bien con la salud de nuestro cuerpo. De lo contrario, cualquier situación ajena a su buena relación y dinámica, lo enfermará.

Sabemos que la buena salud de nuestro organismo es fundamental para nuestra vida. De lo contrario, nada bueno se espera de nosotros estando enfermos.

La entropía de un cuerpo humano tanto en su aspecto orgánico como emocional y mental, dará lugar, tarde o temprano, a la descomposición misma del organismo y, por ende, a la enfermedad.

¿Pero cómo mantener la estabilidad y homeostasis de un cuerpo cuando éste pierde su facultad de ser y estar, cuando el cuerpo mismo se descompensa por una serie de razones tanto físicas, mentales, emocionales y contextuales? Hoy mismo la pandemia del COVID-19 nos mantiene en una situación de zozobra, donde poco o nada parece ser seguro y todo es tan incierto. El largo tiempo de confinamiento al que hemos sometido a nuestros cuerpos, evitando el uso de movimiento dentro de un contexto más amplio y la escasa relación con los otros, sumado al hecho del uso obligado de tapabocas y mascarillas, sin duda nos mantiene al margen tras una falta de ánimo y agotamiento reactivo en una proporción de ciento ochenta grados de nuestra vida diaria.

El desgaste emocional de la misma rutina en tan poco espacio (el de la casa), sin duda ha empujado a muchos a desquiciarse y deprimirse de tal manera que han hecho colapsar el sistema inmunológico de su organismo, abriéndole así la puerta al contagio. Nada más fácil para una enfermedad (cualquiera) para aprovecharse de los cuerpos más débiles (cansados y desanimados), de los sistemas descompensados por la entropía orgánica.

Pero hay otros dos términos que también me gustaría usar en este artículo: exógeno y endógeno, y que en su esencia también pertenecen al universo molecular bioquímico de nuestro organismo. Exógeno quiere decir fuera, lo que sucede afuera de un organismo o de una célula, y endógeno: dentro.

Yo los usaré para el caso, en el sentido de un contexto social (o simplemente relacional) que delimita aquello que depende del exterior y aquello otro que sucede (o debe suceder) desde nuestro interior. Y en este sentido (al menos hoy como he podido observar) suele ponerse más énfasis en lo que sucede afuera y no dentro. De tal manera (y afortunadamente) que la mayoría de nosotros ya no sale a la calle sin su tapabocas.

Pero el desorden (la entropía) aparece cuando la parte interna, lo que nosotros mismos debemos hacer que suceda en nuestro organismo, no sucede. Me refiero básicamente a la ausencia de una buena alimentación, al ejercicio constante (diario), la mente ocupada (no en la pantalla de la televisión o el celular), despejada y abierta, y el descanso nocturno adecuado. Si eso no existe en proporción paralela a lo que regularmente hacemos por fuera, el equilibrio físico (orgánico), mental y emocional nunca se mantendrá.

Es así como el desorden de la entropía de pronto aparece como consecuencia de una vida sin proporción ni balance (dispersa), para enfermar o permitir que un organismo se contagie y muera. Toda responsabilidad humana (los que amamos la vida) nos conmina a observar este balance antes de cualquier diagnóstico clínico o la necesidad de tener que afrontarlo en el frío cuarto de un hospital. Lo demás, será nuestro propio destino ante Dios.

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