El agua de la entidad: del cenote a la tubería

Hace muchos años, los habitantes de la Península se abastecían del vital líquido recuperándolo de los chultunes o bien, de los cenotes

Se celebró el pasado lunes el Día Internacional del Agua, y en este contexto se hace un llamado a la población a valorar y cuidar del recurso hídrico, que, lamentablemente, cada vez está más contaminado. A través de la tesis del doctor en historia Ricardo Escamilla Peraza, hacemos un viaje al pasado para recordar cómo lo antiguos habitantes de la Península se abastecían del vital líquido, recuperándolo de los chultunes o sartenejas o, en su caso, de los cenotes, para lo cual inclusive se corría el riesgo de despeñarse.

En varios de los casos, los habitantes de las comunidades, como ocurría en el Rancho Chaac, ubicado cerca de la zona arqueológica de Sayil, tenían que descender una milla bajo tierra para conseguir agua, según John Lloyd Stephens en su obra Viaje a Yucatán, que escribió entre 1839 y 1841.

El célebre viajero relató que, cuando les preguntaba por qué no buscaban otro sitio para vivir donde tuvieran acceso más fácil al agua, los vecinos decían que nunca lo habían pensado porque ese fue el lugar en el que sus padres y ancestros eligieron para establecerse, además de que las tierras eran muy buenas para la milpa.

El tema de obtener el agua y su acarreo fue algo muy complejo para las poblaciones que se establecieron en lugares ubicados a una mayor altura sobre el nivel del mar, y donde no tenían la fortuna de tener cerca un cenote. Tal fue el caso de Xul, donde de acuerdo a expedientes coloniales que datan de 1774 a 1778, encontrados en el Archivo del Arzobispado de Yucatán, los investigadores Santiago Pacheco y López Bates refieren que religiosos del curato de Oxktutzcab sugirieron la construcción de un pozo para congregar a la población indígena y facilitarles la obtención del vital líquido.

Fue a partir de la existencia del pozo que se construyó con 4 mil pesos, y al que se le dotó de una noria, que los frailes establecieron en Xul un monasterio en honor a San Antonio. En 1841, cuando Stephens llegó acompañado de su dibujante Catherwood a esa población, se informaron que el pozo, y uno más que se construyó después, eran insuficientes al grado que los habitantes tenían que pagar un real por cántaro de agua, por lo que se construiría uno más con fondos de las municipalidades, que aportarían 125 pesos.

A mediados del siglo XX, la operación de servicio de agua potable, que para llegar a los domicilios pasó por muchos conflictos relacionados con el costo, quedó bajo la responsabilidad del Gobierno del Estado de Yucatán.

En 1917, durante el régimen de Salvador Alvarado, los habitantes de Xul de nueva cuenta reportaron problemas con el abastecimiento debido a que el comandante militar había ordenado la entrega de dos cántaros de agua a cada habitante, pero que en realidad su contenido mayor era de lodo.

En el caso de Mérida, es importante destacar que fue con la Guerra de Castas que muchos habitantes de origen español o sus descendientes, que huyeron de sus poblaciones que eran ocupadas por los rebeldes mayas, abandonaron la capital yucateca, por lo que aumentó el consumo de agua, que entonces también se tomaba de cenotes y pozos ayudándose con norias, bombas a vapor, petróleo, gas o gasolina, y también con las veletas que introdujeron comerciantes de origen alemán y que se convirtieron en un símbolo de la ciudad, mientras que para almacenarse en muchas casas se construyeron aljibes, tanques y piletas que, a la fecha, se conserva en muchas de ellas.

La ciudad, que concentraba recursos de la industria henequenera, era próspera y florecían negocios que en sus procesos productivos requerían del uso del agua en mayor o menor proporción, como la Cervecería Yucateca o la Sidra Pino, fábricas de hielo, además de los Ferrocarriles de Yucatán y la misma industria dedicada al henequén, por lo que apareció la necesidad de servicios asociados a la plomería para deshacerse de las aguas utilizadas e, incluso, para apagar los incendios principalmente de comercios que se generaban en la ciudad a principios del siglo XX.

Esto influyó de manera decisiva para que se construyera el primer sistema de agua potable en la zona, el cual fue administrado por una empresa privada, la “Mérida, Yucatán Water Co”.  A mediados de ese siglo, la operación del servicio de agua potable, que para llegar a los domicilios pasó por muchos conflictos relacionados con el costo, quedó bajo la responsabilidad del Gobierno del Estado de Yucatán, quien después de importantes inversiones, la transforma, en 1966, en la Junta de Agua Potable de Yucatán (Japy), y varios años después en la Junta de Agua Potable y Alcantarillado de Yucatán (Japay).

Texto: Manuel Pool Moguel

Fotos: Cortesía

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