La metamorfosis sexenal

Como fruto del proceso electoral que se avecina veremos un fenómeno de cada cambio administrativo y es cuando de simple sabandija o bichito, muchos se transforman por ser bendecidos y entrar a la nómina para vivir del presupuesto: llamémosle la “metamorfosis del Uinic”.

Imaginemos al personaje (ya sea hombre o mujer en cualquier partido), desde las bases, como ciudadano común y corriente, aquel que cuenta sus monedas para completar el pasaje del autobús y espera que alguien le invite a comer para ganar cuando menos un día más de subsistencia hasta que vuelva a cobrar.

En esta etapa es amiguero, sencillo, desconfiado, pero tratable. Por muy mal carácter que tenga se siente hermanado con sus compañeros del drama de salir adelante cada día. Es solidario, comparte el taco y hasta el agua fría le sabe a gloria.

Cuando por alguna razón se involucra en una campaña política, entonces cambia su manera de ser: poco a poco va marcando distancias, aunque su participación sea la de repartir volantes, abrir puertas o ir a aplaudir en los eventos, como uno más del montón para inflar la foto que se ha de divulgar. Ante sus ojos ya es “político” y en círculo de familiares y allegados presume de “tener palancas”.

En el siguiente paso es cuando entra a trabajar en alguna dependencia, no importa si es en el departamento de barrido de calles o como velador, cuando le pregunten dirá simplemente que “trabaja en el Ayuntamiento” o “es servidor público del Gobierno del Estado”. Para el caso cualquier posición servirá a sus fines e inflará el ego.

Así vemos que para sus familiares y amigos, se convierte en el funcionario de la familia y del rumbo. Si acaso es chofer y puede sacar el vehículo oficial, es un lujo y símbolo de estatus el tener estacionada la unidad a la puerta de su casa, presumiendo hasta para ir al súper o para ir a comprar las tortillas, sacando el pecho para que vean el escudo bordado en su camisa o bien la serigrafía de su camiseta de algodón barato, pero que indudablemente impresiona a los cuates.

Muchos se quedan en esta fase; otros más avanzan hasta tener algún tipo de mando, entonces ya dejan de pertenecer al reino de los simples mortales y actúan como si fueran de la corte real, o pertenecieran a la realeza. La soberbia crece y de simples “abre puertas”, “carga cámaras” o “conecta cables”, despachadores de vehículos o mensajeros, se sienten tocados por los dioses y actúan en consecuencia. Atrás quedaron los tacos del mercado, las empanadas de los puestos de la calle o los refrescos compartidos; en su lugar hay restaurantes caros, compras en tiendas exclusivas con sus tarjetas de crédito departamentales (aunque el pago mensual vaya a ser más de lo que ganan) y se aficionan por el “buen vino”, aunque hayan crecido tomando pozole con coco o agua de horchata.

¿Qué pasa cuando la gracia del Gran Elector los escoge como titulares de alguna dependencia o departamento? La metamorfosis les lleva a adquirir sabiduría y ser doctos en la materia. ¿Qué importa si no conocen del tema? ¿Qué tanto problema habrá si de despachadores de taxis, carteros o x’maoficios se convierten en directores? Total, el nombramiento y el puesto lo harán todo, los empleados bajo su mando harán que las cosas funcionen y de la noche a la mañana los nuevos jefes hablarán, comerán y ordenarán como si hubiesen nacido para ello. Siempre el trabajo será hecho en tiempo y forma por los subordinados.

Pocos son quienes llegan con la debida preparación y conocimiento del tema, pero lo más importante; son escasos aquellos quienes no pierden el piso y desempeñan su trabajo de una manera responsable, sabedores que al término de la encomienda deberán reintegrarse a sus actividades previas, con dignidad y orgullo de haber realizado un trabajo bien hecho. De estos últimos, insisto, son escasos, pero de ellos necesitamos más.

Hasta la próxima…

Por Miguel II Hernández Madero

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