La necesidad de creer

Por Renata Millet

Hace un par de días vi el documental “Hasta los dientes” de Alberto Arnaud. Este trata de dos estudiantes becados del Tec de Monterrey asesinados durante un enfrentamiento entre militares y “delincuentes” que sucedió en frente de las instalaciones de dicha institución. El motivo del título del documental es que las noticias que salieron al día siguiente del suceso decían que los muertos eran “dos sicarios que iban armados hasta los dientes”.

Después de un largo proceso, el cual fue un calvario para las familias de ambos, se dio a conocer de manera oficial que no habían sido sicarios, si no estudiantes. Aun así, los militares les habían tomado fotos colocándoles armas para que pareciera que iban armados ya que ellos no murieron durante la ráfaga: fueron asesinados directamente por los militares rasos que tenían la orden de “no dejar rastro”, dada por el alto mando. Esta orden se sospecha que fue porque al alto mando lo iba a promover en esos días y el “error” de unos estudiantes heridos gravemente por una mala operación podría costarle el ascenso. Por lo tanto, prefirió proceder a la ejecución para no dejar rastro. De todos modos, en ese tiempo eran comunes los secuestros y que cuerpos acabaran en la fosa común.

Nací en una familia panista. Muchos de ellos defendieron la democracia a pecho en Yucatán bajo la hegemonía del PRI. Crecí pensando que Felipe Calderón había sido un gran presidente y que la guerra contra el narco había sido, al menos, más buena que mala. Claro, viví en una de las ciudades más seguras del país (y además, panista) y nunca conocí a nadie cercano a quien hubiesen secuestrado, asesinado, etc.

Llevo tres años quitando telarañas de mi percepción: empecé a leer artículos de expertos que argumentaban cómo (y lo publicaron mientras Calderón seguía en la presidencia) no iba/ estaba sirviendo la guerra contra el narco para los fines que se había realizado. Fui conociendo cómo funcionaba (o des funcionaba) el país y me di cuenta de lo peligrosa que había sido la decisión de otorgarle tal poder a un mando único.

El documental fue nada más un punto de quiebre después de un largo proceso. Me convencí por completo (y lo digo tomando postura) que, pese a tener algunos aciertos, fue un error realizar la guerra contra el narco  y sí, culpo en gran parte a Calderón.

Como fue paulatino y no había nadie que me presionara, pude ir intercambiando unas percepciones por otras. Eso hizo que cuando las creencias bajo las cuales formaba mi juicio se deshicieran ante una evidencia tan rotunda, no desbalanceara perdiendo piso aferrándome a lo conocido. Hoy veo un panorama más claro y menos bonito. Es mucho más cruel, sin sentido y feo. Pero al menos, lo veo mejor.

¿Qué pasaría si hubiese vivido yo en un lugar donde todos los días hubiera balaceras, secuestros? Posiblemente habría pensado que los estudiantes eran narco menuderos o estaban de alguna forma vinculados con el crimen. Estas fueron las respuestas de varios estudiantes del TEC entrevistados en el documental sobre lo primero que pensaron cuando se enteraron de los dos estudiantes asesinados. Ante tal inestabilidad, necesitamos creer que existe coherencia en los sucesos.

Hoy en día pasa igual. No solo en situaciones de violencia, sino políticas ¿Cuál es el primer pensamiento que tenemos cuando algo malo sucede en contra del lado al que le vamos? Pongamos sobre la mesa una situación polémica actual: el aeropuerto. Falta abrir twitter para ver una gran polarización. Quienes están en contra de la construcción del aeropuerto en Texcoco, buscan con mayor intensidad y motivación formas de justificar la cancelación de este. Mientras tanto, quienes están a favor ponen más esfuerzo en buscar argumentos que descalifiquen su cancelación.

Esto no implica que no podamos tener posturas intermedias y ver matices entre el blanco y negro. Pero sí significa que cuando estamos de un lado tendemos a buscar con mayor énfasis argumentos que sustenten lo que decimos. Esto es lo que defiende Julia Galef, quien se ha dedicado a estudiar comportamientos y decisiones humanas.

Cuando tomamos postura y argumentamos a su favor, pasamos por un proceso que Galef llama razonamiento motivado. Es decir, no podemos separar nuestro razonamiento de la motivación que nos lleva a realizarla. Es lo que sucede cuando a nuestro equipo de futbol favorito le marcan una falta. Tenemos un mayor incentivo a buscar en qué se equivocó el árbitro. En cambio, si meten gol, que nadie dude ni investigue nada.

En un país tan corrupto, inestable y violento, buscar ver la realidad tal cual es un precio muy alto. Aceptar que algunos de quienes nos protegen ejecutan estudiantes, que muchos de los supuestos “sicarios” posiblemente son gente sin recursos e inocentes, que tanto cancelar el aeropuerto como continuarlo así sin más implican casos inmensos de corrupción e impunidad y que ninguna de las dos decisiones tomadas como lo han sido van a cumplir con las expectativas; es aceptar que vivimos una realidad sin sentido y donde las estructuras que se lo otorgan se caen a pedazos corrompidas.

Es una de las únicas formas que tengo para explicar lo que sucede en México y lo que me sucedió a mí. Tenemos una gran motivación en México, que es sobrevivir. Por lo tanto, nuestros razonamientos, justificaciones y argumentos están plagados por esa motivación, no pueden estar separados de ella.

Sin embargo, no es imposible tomar distancia. Galef argumenta que no es una cuestión de inteligencia, sino de emociones. Es el miedo que tengo de desprenderme de una idea, dependiendo de qué tanto me gusta o me conviene. Si logro no anclar estas emociones a ciertas ideas o decisiones, si logro que mi felicidad no dependa de si mi equipo de futbol ganó o de la vergüenza por haber estado de acuerdo con una guerra sin sentido como la de Calderón, tendré menos motivos para omitir la búsqueda de argumentos contrarios.

Son procesos. A mí con Calderón me duró tres años y puede continuar, sobre todo porque no hubo ni hay presión en ello. La presión nunca es buena, porque provoca que seamos impulsivos y anclemos emociones a ideas. Pero esta existe y tenemos que lidiar con ella. Galef dice que es una decisión entre dos cosas: si queremos un mundo a nuestra manera o queremos entender con mayor claridad la realidad. La segunda es la única que nos va a permitir transformarla a fondo.

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