La paradoja de la longevidad

Mario Barghomz
mbarghomz2012@hotmail.com

Sin duda el mundo era otro antes de 1945 (fin de la Segunda Guerra Mundial), y México también era otro antes de 1920 (fin de nuestra Revolución). Las personas antes de esa época no vivían tanto. Estamos hablando de alrededor de cincuenta años. La gran mayoría de la gente envejecía prematuramente y moría prematuramente.

Fue el avance de la ciencia, la medicina y la tecnología, el desarrollo educativo y el avance también de la psicología, la higiene y las nuevas dietas alimenticias lo que le ha permitido a hombre actual vivir más años.

Pero sin duda todo ha sido gradual. Estamos hablando de casi cien años después en que nuestro pronóstico de vida puede llegar a alcanzar los cien y 120 años de edad, aunque los casos aún de personas tan longevas son bastante excepcionales.

Aunque tampoco se trata de solo llegar a ser “tan viejo”, sino de vivir y pasarla realmente bien durante tantos años. Porque de poco o nada sirve (sino todo lo contrario) llegar a tener tanta edad, 80, 90 o cien años (que dentro de un par de siglos tampoco será nada) enfermo, inactivo o postrado.

Hoy la procastinación médica hace posible retardar la muerte, mantener un cuerpo vivo aunque esté constantemente enfermo o su vitalidad nunca sea del cien por ciento. De tal manera que hemos llegado a un punto en que ya no es la muerte la que nos preocupa después de haber vivido tantos años, sino la enfermedad.

Y este es el punto de mi argumento; la vida buena y sana de una persona longeva, una vida aún proactiva, vital y suficiente. Y es que la vejez sigue siendo la suma de la debilidad física y múltiples malestares y disfunciones orgánicas. Aún suele hablarse en la mayoría de los casos de demencia senil, y en casos más concretos pero no pocos: de cáncer, diabetes, Parkinson y Alzheimer.

La vejez por sí misma suele representar nuestra decadencia, pocas veces o nunca una virtud de la experiencia humana y mucho menos una capacidad por tantos años vividos. ¿Y cómo revertir esto? El mismo paradigma social sobre los valores de la juventud (la importancia de ser jóvenes), mantienen los de la vejez en países europeos, norteamericanos y el nuestro (no es el caso de países orientales), en la basura, en aquello que no se quiere o de poco o nada sirve.

Sin embargo, la paradoja de la longevidad se hace cada día más presente; personas excepcionales que a los setenta, ochenta o noventa años mantienen la excelencia de su cuerpo y su organismo demostrando su regeneración celular. Baste decir, por ejemplo, que las células de nuestro cerebro pueden llegar a tener un pronóstico de vida hasta de trecientos años.

Pero mantener una mente y un cuerpo completamente sanos a los ochenta o noventa años, sería una labor que tendría que comenzar desde el principio de una vida humana con un plan de vida que sume una buena dieta alimenticia, el buen descanso nocturno que permite que nuestras células se regeneren, el ejercicio diario que mantienen a la mente y al cuerpo en condiciones de ánimo y energía óptimas, la lectura que fortalecerá nuestro sistema nervioso central que más tarde evitará la demencia, la actividad y las buenas relaciones intrapersonales e interpersonales, aunado a todo ello el contexto del buen ambiente donde debe crecerse, exento de la toxicidad que perturba siempre las emociones y los sentimientos que luego, con los años, derivarán en enfermedades crónicas, mentales y psicosomáticas.

Vivir bien tantos años implicará por supuesto una buena vida desde el principio, no alejada tampoco, por supuesto, de todos los dilemas que representa la simple tarea de vivir; resolver problemas, afrontar situaciones, correr riesgos, cumplir deberes… Todo como parte de un sistema de sobrevivencia para el que hemos sido diseñados.

Como dije, vivir bien cien o 120 años, dentro del próximo siglo, no será nada, sino lo mínimo posible dentro de la expectativa humana.

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