Las cifras inauditas

Al reunirse toda la familia, del tamaño y modelo que sea, la persona más significativa de la reunión es la que no está presente. Y cobra esa relevancia porque su ausencia impide decir “estamos todos”. Cada familia sabe quiénes les faltan y el motivo de la ausencia; por ejemplo, un verdadero drama familiar y social de millones de mexicanos, es cuando se tiene un familiar desaparecido, pues ese calificativo es “Dicho de una persona que se halla en paradero desconocido, sin que se sepa si vive” (Real Academia Española).

Apenas el martes de esta semana, sí, apenas el martes, el secretario de Gobernación, Alfonso Navarrete Prida, encabezó el acto formal de instalación del Sistema Nacional de Búsqueda de Personas. Navarrete reconoció que “el registro arrojó datos paradójicos, 37 mil 485, y seguramente es mucho más grande el número de personas desaparecidas; pero teníamos que basarnos en datos oficiales, que es lo que existe, y hacer un registro nacional. Este fue el dato que arrojó en este momento, 37 mil 485.”

En esos fríos números se entrelazan varias listas de pendientes, se engloban a los normalistas de Ayotzinapa y quizá también se sumen ocupantes de los dos contenedores de tráiler en Jalisco; los restos de las fosas de Veracruz, Tamaulipas, Estado de México, en estos últimos casos, el drama es doble, pues se desconocen paraderos y se desconocen identidades. Tal vez con labores de inteligencia y mayor investigación, algunos dejarán la estadística de desaparecidos, pero aumentarán el conteo de asesinados.

Me cala la cifra oficial dada a conocer a tan sólo dos meses de concluir el sexenio. Me cala mucho más el comentario de Navarrete sobre la cifra “seguramente es mucho más grande”. Y lo peor es reconocer que esos miles de desaparecidos son sólo una parte del horror del país, porque otros muchos miles sí tenemos conocimiento de que están muertos porque pueden identificarse: muchos secuestrados, ejecutados o víctimas de feminicidio, víctimas de asalto violento, y lo que vaya resultando.

Si los conteos se proyectan en un contexto nacional, pareciera que el dolor se diluye, pero detrás de cada muerto hay una historia, un drama familiar y una herida. Por eso nuestro país, entero, sufre y se lamenta al interior de sus familias, en ese ámbito reducido, el sufrimiento se magnifica. Acá en Yucatán, mayormente el dolor tiene rostro femenino, la semana pasada otra mujer -niña de 16 años-, se sumó a la lista de víctimas mortales de violencia intrafamiliar, y pareciera por momentos que se normalizan esas tragedias, con explicaciones simplistas “Ella lo eligió desde niña”, “Así es la pobreza”, “Así suele suceder”.

Lo cierto es que para nuestro bello estado “el más seguro de México”, la cifra inaudita es de mujeres asesinadas por ser mujeres -van 4 en el año-, de familias con estragos por el alcoholismo de alguno de sus miembros -en Cottolengo cuentan más de 20 mil personas atendidas-, de víctimas de siniestros viales -hasta septiembre:68 motociclistas, 21 ciclistas, 31 peatones que estaban en el lugar equivocado. Se trata de rubros con conteo inaudito, es decir, “Sorprendente por insólito, escandaloso o vituperable” (RAE); el gobierno local tendrá que avocarse a ello de inmediato.

Pienso en Yucatán y luego vuelvo a pensar en los desaparecidos de México. El Secretario de Gobernación dijo: “Así, siendo las 12 horas con 14 minutos del martes 9 de octubre del 2018, declaro formalmente instalado el Sistema Nacional de Búsqueda de Personas.” Remato mi columna: así, siendo como es la política, declaro que es una infamia haber esperado tanto -más de una década- para unir esfuerzos, cotejar bases de datos, identificar restos y, a pesar de todo lo anterior, espero que esto sirva para hacer justicia a tantas familias incompletas y heridas, que a todos nos haga sentir que ha desaparecido alguien, nuestro país seguro, y debemos buscarlo.

 

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