Las distancias no siempre ayudan

Jhonny Eyder
jhonny_ee@hotmail.com

Hay distancias muy largas que impiden que los necesitados logren conseguir el sustento para sus familias. Los caminos se han hecho más extensos y ya no basta caminar para llegar, incluso ya no se puede ni salir de casa.

Martha es una mujer atrapada. A los 25 años conoció a un ranchero con quien se casó y se fue a vivir a Temozón. Años después, la única familia que le queda son dos hijos, ya que su marido la dejó por una mujer más joven. Ella y sus hijos abandonaron la casa del ranchero y se instalaron en una vivienda más modesta, a las afueras de la localidad. No quiso volver a Mérida porque su presente está en ese municipio, además sus hijos son felices allí.

Su exmarido cumple con sus obligaciones de manutención, pero no es suficiente para ella y sus hijos. Lavaba ropa ajena, cocinaba en haciendas y a veces vendía frutas en el mercado. Por mucho tiempo se le conoció como la mujer que vino de Mérida, hasta que se volvió una persona más de Temozón.

Fue gracias a una vecina que Martha encontró una actividad que le permitió obtener un poco más de ingresos. Aunque le tomó varias semanas de práctica, finalmente pudo perfeccionar la técnica de hacer hamacas.

La primera que hizo fue de color azul cielo y se la quedó. Cuando adquirió más destreza y rapidez, comenzó a vender las hamacas los sábados y domingos por la mañana en el parque principal del municipio. Algunas personas de Mérida conocieron a Martha y le hicieron encargos. Fue así como su negocio comenzó a ser conocido. Dejó de lavar y cocinar ajeno y se pasaba días y semanas tejiendo en casa.

Con la ayuda de sus hijos promocionó las hamacas en Facebook, y los encargos fueron en aumento. Entonces, Martha comenzó a viajar con frecuencia a Mérida, pues siempre tenía entregas que hacer. Iba los viernes desde temprano y repartía las hamacas a domicilio.

El negocio no era muy redituable, pues era costoso el transporte que tenía que pagar para ir hasta la ciudad. Pese a ello, los ingresos le ayudaban a vivir con comodidad, podría decirse, hasta que las cosas cambiaron abruptamente. Las distancias se hicieron aún más largas el día que cerraron carreteras y se suspendieron los viajes a Mérida y otros municipios. Ya nadie podía salir de Temozón, salvo que sea por motivos de vida o muerte.

Tiempo después las restricciones fueron quitándose y la mujer ya podía viajar para entregar los pedidos pendientes. Sin embargo, ir hasta la ciudad dejó de ser fácil. El transporte comenzó a escasear y la ciudad capital se convirtió en una zona de riesgo. Además, los encargos disminuyeron bastante.

Ahora, al menos una o dos personas le hablan por teléfono a Martha para encargarle hamacas. Ella acepta hacerlas con mucho gusto, pero tiene que decir que no sabe hasta cuándo las podrá entregar.

—Estoy atrapada en este lugar—asegura con mucha vergüenza mientras se mece en su hamaca azul.

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