Lo que dejamos al caminar

Jhonny Eyder Euán
jhonny_ee@hotmail.com

La semana pasada me divorcié. Puse fin a la relación con personas que no aportan nada bueno a mi vida. ¿Por qué tomé esa decisión? Para empezar, debí hacerlo desde hace tiempo, pero no me animaba porque quería creer que los villanos pueden ser capaces de arrepentirse.

El cambio que esperaba no ocurrió. Me di cuenta cuando caminaba bajo el insoportable sol que irradia a las dos y cuarto de la tarde. Avanzaba entre personas y una mujer que platicaba con su hijo me hizo entender tantas cosas.

El chico de unos doce años le decía a la señora que estaba enojado porque sus compañeros de escuela no siempre lo invitaban a las tardes de videojuegos que se organizaban en casa de alguno de ellos. El niño decía que sus amigos eran egoístas y que se burlaban de su gordura. Pero a pesar de las agresiones, el niño quería convivir con los chicos del colegio. Eso le comentaba a su mamá, que los molestosos eran sus únicos amigos y quería estar con ellos para jugar Xbox. Sin embargo, la madre no quería dar el permiso.

La mujer no quería arriesgar la salud de su hijo. Recordó la vigencia de la pandemia y además no quería que su hijo se reúna con quienes lo ofendían y le decían cosas por su físico. El niño comenzó a caminar más despacio y con visible disgusto. Estaba incómodo, sudoroso y harto de no poder hacer lo que quería. La mayoría de los transeúntes estábamos así, molestos y casi al borde del desmayo por tan altas temperaturas.

La madre y su hijo caminaron delante de mí por varias cuadras, y cuando el niño quería insistir con el permiso, la señora aplacaba la petición con rotundos “no”. Es un asunto de niños—nada trascendental—, pero en algo tenía razón la señora del cubrebocas color negro. Por qué insistir en donde no eres bienvenido y tu presencia cae muy mal.

La realidad de las cosas nos aparece de repente; en la cama al amanecer, en un viaje por carretera o en una cotidiana caminata por las calles céntricas de la ciudad. Aparece en cualquier momento y cuando menos lo esperas, no siempre es algo que sea producto de un profundo análisis, sino del curso natural del tiempo. Escuchar esa plática banal me hizo darme cuenta de que a veces debemos querernos más.

Sin detener mi camino, tomé agua y procedí a la ruptura. Le llamé a mi jefe y le dije que ya no cuente conmigo porque no me paga lo que merezco. Después cancelé la reunión de reencuentro de la universidad y otros asuntos. También rompí mi noviazgo con la bailarina que por las tardes estudiaba nuevos pasos de danza y por las noches tenía amoríos con artistas.

Me cambié de casa y de número telefónico. Ahora vivo en un departamento y aquí estoy sentado en la sala con un vaso de agua helada para el calor de mayo. Estoy conforme con lo que he dejado, era necesario divorciarse de las cosas que restaban más que aportar.

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