Los nombres…

Eran muy pequeñitos. El mayor acababa de cumplir doce años y el menor tenía ocho. Ese era el hijo del ganadero. Había crecido entre toros bravos, una de sus primeras palabras había sido capote, y le fascinaba despertarse en el campo y escuchar cómo iba creciendo la mañana…

Todos afirmaban querer ser toreros, poseían una afición desmedida, y se apuntarían al iniciarse el curso a una escuela taurina. Aquella tarde llovía, y estaban en la sala donde el ganadero tenía sus libros, sus cuadros, muchos carteles, y algunos premios que había recibido. Un lugar lleno de alma…

Se entretenían con sus nombres. Uno se llamaba Raúl, y se preguntaba si su nombre era taurino. Le decían que sí, que Raúl Acha, padre del cantante Emmanuel, había sido un matador de triple nacionalidad: argentina, peruana y española. Y estaban Raúl El Tato, y el novillero Raúl Cámara…

Otro se llamaba Pablo, y estaba muy contento con su nombre, el mismo que llevaba su abuelo. Y sabía que Pablo Hermoso de Mendoza aportaba muchísimo al rejoneo, y Pablo Picasso, el artista, se había interesado por el toreo. Y un novillero llamado Pablo Aguado engrandecía cada tarde…

Diego, el hijo del ganadero, admiraba mucho a Diego Puerta, su padre le había contado faenas y lances de tan excelente matador. Y conocía a Diego Urdiales, le había visto tentar en la casa, y le agradaba. Y Diego Silveti le parecía muy bueno, un diestro diferente, entregado, con arte e historia en la muñeca.

Y Luis? Luis sabía que también había toreros con su nombre, y hombres del toreo. Sin ir más lejos Luis Miguel Dominguín, el que se proclamara a sí mismo número uno, y tantas tardes de gloria había protagonizado. Y Luis era también un niño que luchaba en un hospital por ponerse bien…

… y todos enviaron su rezo a Luisito…

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