Los que juzgan

Por Mario Barghomz

Cuando se nos juzga nuestra primera reacción es defendernos, discutir o desmentir a quien nos ha ofendido o calumniado; argumentar que se equivoca o que lo que se piensa o se ha dicho de nosotros no es verdadero ni exacto.

Pero quien discuta o se disculpe ante la evidente desvergüenza del rumor, del afán perverso de quienes tuercen la verdad, distorsionando su sentido en pos de una intención siniestra y maniquea, cuyo objetivo es dañar; sólo se degradará ante sí mismo.

Solo los moralmente débiles –dice Epicteto- se sienten obligados a defenderse o explicarse ante quien los juzga. Dejemos que sea la calidad de nuestros actos la que hable por nosotros, ya que ante quien nos juzga, dada su condición de pusilánimes, ninguna explicación será suficiente.

Querer controlar la impresión de los demás sobre nuestra persona, sólo rebajará nuestro carácter. Asumamos el hecho de que siempre habrá pusilánimes (así sean mayoría), envidiosos o resentidos hablando de uno. Limitémonos a sonreír, dice Epicteto, suponiendo que cuando se habla de nosotros, quien habla no conoce todos nuestros errores o todos nuestros defectos.

Quien en su afán de juzgar, lastima; tarde o temprano terminará por ser también lastimado. Según Sócrates, quien ha sido ofendido, sufrirá la ofensa, pero más tarde, siempre será mayor el sufrimiento del ofensor.

Bien sabemos que el chisme, el cotilleo, la murmuración o el rumor son letales a la hora de juzgar a alguien, de exhibirlo como hacen los políticos con sus opositores, de denigrarlo como hicieron los fariseos con Jesús hasta crucificarlo, de avergonzarlo como hizo Melito con Sócrates al señalarlo como indecente y deshonesto, de calumniar lo más puro de la nobleza humana como hizo Yago con Desdémona al acusarla ante Otelo de su infidelidad, por lo que luego la locura y los celos de un esposo ofendido y desquiciado la asesinará con sus propias manos (no sin arrepentirse más tarde). Enrique VIII dejó que por envidia y celos se juzgara a Cromwel, su servidor más leal, que luego fue decapitado. Napoleón en sus cartas más íntimas, más que hablar de amor en su impotencia por no ser correspondido, juzga a Josefina por no amarlo.

La psicología moderna nos demuestra hoy que los celos y la inseguridad, la insatisfacción y la ira (personal o de la chusma anónima, de moda hoy en las redes sociales) serán siempre el arma más letal contra quien se quiere dañar.

La patología del celoso, por ejemplo, es mitómana; en su juicio inmoral no cabe más de lo que se imagina, de lo que supone, de lo que se inventa para ocultar su propia inseguridad, su pobre autoestima, su temor, su duda, la debilidad de su persona siempre en contienda.

El que juzga a otro en el fondo es un desdichado, un paria desolado, un huérfano amoral sin condición ética. Quien juzga se lamenta señalando los defectos del otro, critica lo que como zorra astuta oculta de su propia persona.

El que juzga, como fariseo, presume su apariencia; vive y se ocupa de lo que los demás piensen y crean. El que juzga siempre es falso, deshonesto e hipócrita, siniestro bufón de su propio circo.

Quien juzga no está nunca en paz, vive siempre en lucha, en constante afrenta; quiere pelear, discutir, herir, reclamar.

Quien juzga (Proverbios 28) es avaro en su espíritu; siempre busca más porque nunca está satisfecho, siempre está turbado y descontento. La contienda de espíritu en lo intrapersonal de la persona, siempre recae en disputa social o de relación. El que está peleado consigo mismo, frustrado y resentido, siempre busca con quien discutir, a quien culpar o reclamar, a quien juzgar por su desencanto y desgracia existencial.

El que contiende cuando juzga percibe el mundo como un campo de batalla donde él aparece como víctima, y donde hallar un contrincante (ofensor) será la mejor defensa de sus males. El que contiende grita, amenaza, socava, lastima y se lastima a sí mismo el alma.

Estas son las palabras de Jesús a los fariseos (Evangelio de Mateo): “hipócritas, raza de víboras…sepulcros blanqueados” los que juzgan, los que buscan la paja no en su propio ojo, sino en aquél que no es el suyo.

 

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