Madres en el cielo

Mario Barghomz
mbarghomz2012@hotmail.com

El lunes próximo diez de mayo se celebrará en nuestro país el día de las madres. Un día en que de una u otra manera cada hijo niño, adolescente o mayor suelen dedicar el día (o parte de él) a su mamá. Quizá sean flores o alguna serenata, algo vernáculo y tradicional, quizá chocolates o una nueva licuadora, quizá solo un buen abrazo o una llamada telefónica sea lo que reciba mamá. La única imprudencia puede ser que aún en estos días de pandemia (porque el mal no ha terminado) la llevaran a desayunar, comer o cenar donde gente temeraria suele reunirse sin criterio. Porque luego el contraste trágico puede ser el arrepentimiento, el perdón que no remediará ningún contagio, y menos aún, la muerte.

Pero cómo celebramos los que ya no tenemos mamá, los que ya solo recordamos. ¿Qué sentimos los que vemos a los demás que aún tienen esa fortuna de abrazar y mirara cara a cara a su mamá? De decirle cuánto la quieren y agradecerle por estar siempre ahí, pendiente.

Los que ahora tenemos a nuestra mamá en el cielo, sentimos, pensamos, recordamos… rememoramos aquello que más solíamos disfrutar a su lado; quizá su comida (¡porque nadie como mamá y la abuela para cocinar!), el que nos mandara o nos arropara en la cama, sus regaños, sus amonestaciones, quizá su tristeza por nuestro mal comportamiento adolescente o juvenil.

Yo recuerdo sus miradas, nuestras charlas. Recuerdo su fortaleza, su manera de afrontar el mundo, el cansancio a veces dibujado en su cara al ver cómo cuidaba a ocho hijos (¡vaya!). La recuerdo bailar conmigo o cómo me miraba mientras yo lo hacía. De muy grande (76 años) la recuerdo dormir en su habitación mientras sus hijos departíamos en el comedor. Yo sabía de su felicidad de tenernos juntos.

Puedo decir también como suele decirse coloquialmente, que mi madre era “mamá gallina”, pero yo digo que también era “mamá pavo” y “mamá gallo” por aquello de su bravura y carácter de lo que sin duda se sentía orgullosa. ¡Fuerte siempre, como roble!

Ahora en el cielo (porque todas y cualquier mamá ya difunta no pueden estar, partiendo de nuestra fe, en otra parte) le guardo este pequeño gran vacío que desde que ella me falta no lleno con nada y mantendré siempre conmigo como fiel testimonio de su alianza, del amor mutuo que nos tuvimos, de la admiración madre-hijo que yo siempre sentí como parte de nuestra relación.

Mi madre en el cielo ahora es un ángel más, quizá de esos que Dios tiene por ahí de manera muy especial, porque si algo distinguía a mi madre de las demás era su temperancia, su fortaleza y aplomo. Como mujer nunca fue sumisa ni débil, ni víctima y jamás necesitó ponerle una bandera a su género. Solo de verla cualquiera le daba espacio y lugar.

Sí; mi madre no era una mujer más, sino una mujer distinta. No mejor que otras, por supuesto, pero sí muy especial en cuanto a su personalidad.

Yo celebro hoy eso de ella; su fortaleza y diferencia, su enorme lucha por la vida que derivó siempre en amor hacia sus hijos, en lealtad hacia mi padre, en afán hacia su tarea de vida.

Para ser sincero recuerdo más sus miradas que sus abrazos. Mi madre no era de apapachos, sino de ojos y de palabras, de gestos que aún tengo en la memoria. Como digo, no la recuerdo frágil y por cierto, nunca la vi llorar, salvo la única vez cuando murió mi abuela (su madre) de un cáncer que comenzó en sus senos. Ese día aulló como un lobo y creo que aquél dolor nunca lo borró de su cara.

Mi madre en el cielo debe estar tan cerca de Dios que su nombre: Martha, debe ser popular entre todas la demás almas. Yo celebro que así sea o pudiera ser, y si así no es, sé que Dios la bendice y como sea, la mantiene en su gloria eterna.

Bendita sea mi madre que ya no está conmigo y bendita sea la mamá de todos aquellos que este próximo diez de mayo, celebrarán recordándola quizá con un ramo de flores sobre su tumba y una oración por su descanso. Yo le dejaré el espacio de siempre en mi corazón.

¡Bendita seas allá en el cielo, mamá!

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