Más método y menos “poesía”

Por Manuel Alejandro Escoffié

Mucha gente ama “La Sociedad de los Poetas Muertos” (1989). La cinta de Peter Weir ganadora del Óscar por Mejor Guion, con Robin Williams interpretando al idealista profesor de literatura inglesa John Keating, presume como solapa en el ojal una colección de conceptos romantizados en torno al papel de la Educación en el desarrollo de mentes jóvenes, mismos que, con el paso de los años, han sido internalizados entre quienes la veneran.

Basta con preguntarles para que no tarden en señalarla como el referente obligado de inspiración profesional para todo educador. Motivo suficiente para que, como alguien dedicado a la docencia desde hace más de 10 años, me produzca náuseas.

Aclaremos algo de una vez por todas: Keating NO es un buen maestro. De hecho, llamarlo “maestro” en cualquier sentido concebible sería una obscenidad. A lo mucho, es un predicador demagogo; no muy diferente a los tele-evangelistas y líderes de sectas. Lo cual tiene sentido si se observa con detenimiento la manera en que los alumnos de la prestigiosa preparatoria Welton caen al instante bajo el hechizo de su retórica hueca, convirtiéndose en autómatas repitiendo como loros las mismas citas a escritores que Keating saca descaradamente de contexto para su conveniencia; a la vez que afirma, en el colmo de la hipocresía, estar “enseñándoles a ser pensadores independientes”.

Pero lo peor aún está por venir. En una de las más conocidas escenas, Keating ayuda a un alumno inseguro de sí mismo a crear un poema frente a la clase. Claro que cuando digo “crear”, estoy siendo sarcástico, ya lo que lo único que hace es sonsacarle a la fuerza una retahila de palabras arbitrarias que sus compañeros terminan aplaudiendo como dignas de un Nobel. Siendo justos, quizás Keating haya empleado un método similar al “cadáver exquisito” de los surrealistas, mismo que depende en gran medida del subconsciente. No obstante, ¿cómo saberlo (ya ni se diga comprobarlo) si ninguno de ellos es mencionado en su cátedra, además de que no existe una escena en todo el filme que lo muestre realizando alguna acción mínimamente cercana al rigor de la verdadera pedagogía?

Y justamente aquí tenemos al más nocivo concepto que el filme busca vendernos: la idea de que el conocimiento se adquiere al margen de toda metodología. La idea de que cualquiera puede ser un “poeta” mientras sea capaz de conectar una palabra con otra. De que todos merecen ser llamados “maestros” (o como Keating pomposamente prefiere, “Oh, Capitán, mi Capitán”) en la medida que posean labia para crear monólogos de auto-superación personal barata y hacerlos pasar por clases.

Quien haya leído estas líneas quizás esté dispuesto a perdonarle cualquier cosa por tratarse de una “película con mensaje”; en la cual, por un aparente consenso implícito, lo que siempre importa son las buenas intenciones y rara vez la ejecución. De tal forma que “La Sociedad de…” hace palpable su presencia en estos tristes tiempos de anti-intelectualismo como doble amenaza para las culturas cinematográfica y educativa. Mientras su inmerecida reputación continúe creciendo, pasaré una larga y dura temporada tratando de volver a sentirme orgulloso de pertenecer a uno y otro círculo.

 

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