Nada, nunca

Armando Escalante
Periodista y analista político

A lo largo y ancho de todo el país, la pandemia cobra miles de víctimas todos los días. Y cuando hablamos de las bajas que causa, no solo nos referimos a los fallecidos sino también a los gobernantes que han caído en desgracia por su actuar en esta contingencia.

La sobrexposición mediática está causando estragos. Coloquialmente se dice que la pandemia se está llevando entre las patas a los funcionarios. Hagan lo que hagan, todo se tergiversa: si se marca naranja, exigen rojo, si se rumora que vamos a encerrarnos más, la gente protesta. Si no se hace, también se queja.

En estos momentos no se pueden cometer errores ni caer en absurdos. No se puede salir a medios a entregar equipos que costaron mucho, sin pensar que la gente criticará la noticia. A pocos les interesa que algún bien sirva para algo, sea útil y que tal obra genere inversión.

Son tres tipos de noticias las que la gente aspira y quiere oír: que ya hay una vacuna y por tanto el riesgo terminó y no tendrá que usar cubrebocas, que el gobierno le regalará dinero, y les dará empleo mientras todo se normaliza y que se acabará la ley seca.

El actuar de los políticos en tiempos de pandemia, con esta enorme y grave responsabilidad a cuestas, está muy limitado.

Pareciera que hagan lo que hagan —todo— el juicio será lapidario y reprobatorio. Hasta repartir ayuda, supervisar obras, inaugurar alguna mejora, será denostada: la gente está molesta, no tiene trabajo y no tiene dinero. Además está encerrada con mucho tiempo libre para el ocio. Sus juicios todos serán negativos.

Los que atacan por atacar, son los mismos de siempre, la diferencia está en el público que los lee; hoy la mesa está servida para que avance y se posicione cualquier oportunista, léase el mismo que vive en el palacio nacional, que en Yucatán no tiene los “negativos” que su partida arrastra en otros estados por el simple hecho de que en nuestra entidad aún no se nota el daño que ya ha causado en otros lados.

El xix.— Una funcionaria chambeadora, activa y entusiasta, labora a brazo partido junto con todo su personal durante meses, toda la pandemia, sin parar y arriesga todos los días su salud y la de su familia. Contenta y orgullosa de su trabajo, a diario sube a sus redes fotografías de su constante trabajo y todo está muy normal… hasta que un fin de semana, en su día de descanso, se le ocurre tomarse una foto mientras contempla un atardecer en Chelem, a la orilla del mar… y buuuum oh sorpresa y craso error: se le viene el mundo encima, las redes se ensañan por tomarse un relax y los medios que golpean al gobernador las 24 horas —aunque cobren— la linchan como si ella hubiera cometido el peor desfalco de la historia. Vaya, ni al “marro” o al preso predilecto del peje, Lozoya, le fue tan mal. Lo peor es que nadie salió en su defensa, ni una sola persona de sus compañeros de trabajo le brindó público respaldo. Es el viejo debate de que la vida privada se vuelve pública, sí, eso es, pero igual es la exageración de atacar sin medir, también está presente. Aunque quizá lo que más abunda es la envidia, no cualquiera capta un atardecer tan especial y se pone de marco. ¡Eso calienta! —diría ya saben quien.

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