Niños de hoy

Mario Barghomz
mbarghomz2012@hotmail.com

Escribo este artículo no porque sea abril, señalado como el mes del niño por la costumbre social de disponer todo aquello que le parece parte de un sistema que se ha desarrollado alienando la conducta de quienes sin mayor criterio participan de ello.

No; lo escribo porque este día como cualquier día, y este mes como cualquier mes son y serán siempre una buena ocasión para hablar y celebrar la infancia del género humano.

¡Ser niño es maravilloso! Y es que desde la perspectiva de adultos sufridos, afanosos, ocupados siempre con deberes de oficio y trabajo, tareas domésticas y hasta de sobrevivencia que nunca terminan; la parte infantil de nuestras vidas, vista en retrospectiva, se nos antoja siempre maravillosa. Salvo por supuesto todas las deshonrosas excepciones que de niños no la pasaron bien, que no fueron precisamente felices sino todo lo contrario, que sufrieron, que quizá la pasaban mucho tiempo enfermos, que por cualquier razón o travesura eran amenazados o castigados por sus padres. Quizá esos niños, ahora adultos, recuerden que su infancia no fue maravillosa, que no fue siempre divertida, que no fue para nada grata. Quizá en el peor de los casos fueron niños abandonados, maltratados y ofendidos (quizá violados dentro de su mismo entorno familiar), quizá fueron niños impedidos por sus propios padres para realizarse, quizá quisieron ser actores, bailarines o músicos, cantantes, poetas o filósofos y nunca se los permitieron por aquello de la vergüenza social o porque más tarde –decían estos padres- se morirían de hambre.

Quizá son esos niños que con el tiempo se convirtieron en adultos frustrados, resentidos, malhumorados y amargados aun teniendo todo lo que puedan tener haciendo lo que no quieren (a veces de mala gana o porque no les queda de otra), indigentes de una felicidad que les hubiera dado el dedicarse a lo que más querían, a lo que sentían que estaban destinados.

Pero hay también niños que además de jugar o de sobreponerse a la ignorancia de crianza de sus propios padres (a tantos juicios arbitrarios donde abundaban los castigos), a malos maestros quizá o a malas experiencias de vida, supieron cómo disfrutar cada instante y cada situación de vida que se les presentaba para crecer y cumplir con sus sueños. Hoy estos niños sin duda son hombres de bien, satisfechos por cada tarea cumplida, por cada logro realizado, por planes y proyectos que a pesar de todas las dificultades llevaron a cabo.

Hoy estos niños de ayer sin duda son buenos padres, buenos abuelos; con otra idea más plena y más sana de cómo educar y cómo cuidar, de cómo guiar y amar.

Y es que los niños de hoy no son como los niños que nosotros los mayores éramos hace cuarenta, cincuenta o sesenta años. El entorno y la educación eran otras. La vida era otra. Nuestros juegos eran otros. Los programas de televisión eran otros. No había teléfonos celulares, televisión inteligente, Ipads, computadoras, redes sociales electrónicas, aplicaciones… No existía la educación on-line. Todo ello hace una gran diferencia entre los niños que nosotros éramos y los niños que criamos y educamos hoy.

Hoy es una gran estupidez decir: ¡así me educaron a mí! donde cabe toda la ignorancia posible.

Les dedico este artículo a mis dos nietos, a Ivanna y a Issco, que como humanos veo cuánto se parecen a mis hijos, pero como ellos mismos, veo que tan diferentes son.

Niños Alfa, niños Millennial; ¡benditos todos por obra y gracia de Dios!

 

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