No es vivir, es vivir bien

El fin de semana pasado decidimos subir La Malinche, una de las cinco cumbres más altas de México, por el cumpleaños de una de mis mejores amigas. La subida se hace aproximadamente en tres horas de caminata (dependiendo de la condición es más o menos) y la bajada en lo mismo. Decidimos comenzar a subirla a las 2:30 a.m. para poder ver el amanecer en la cumbre.

La montaña reta. Entre la altura, el poco oxígeno, el cansancio, el frío y la distancia, podría ser catalogado como un deporte de resistencia física, pero yo considero que es más resistencia mental.

Hubo un momento donde el grupo que iba adelante me dejó bastante atrás y el grupo que iba tras de mí iba demasiado alejado también. Entonces me encontré sola, a las 5 a.m. sentada en una piedra viendo las estrellas más brillantes y cercanas que nunca, junto a una luna sonriente. Había mucho frío y frotaba mis manos para entrar en calor, mientras esperaba que me alcanzara el grupo de atrás.

Entonces empecé a preguntarme quienes estarían despiertos a esa hora. Hice una lista mental, intentando que el frío de mis manos se me olvidara: trabajadores de la central de abastos, mamás y papás con un bebé recién nacido, enfermeras, doctores en turno, trabajadores del metro (despertándose para entrar a trabajar temprano el sábado), corredores, constructores nocturnos (muy probablemente quienes construyen las carreteras y las reparan de noche), policías, vigilantes, meseros de fiestas tardías, algunos borrachos y otros bailarines enfiestados. Viajeros, gente en un velorio, amantes, camioneros, taxistas, conductores de Uber, pescadores, quienes se levantan a ordeñar vacas y, pues, yo.

¿A cuántos de ellos le gustaría estar en la cima de la montaña y no en sus respectivos lugares? Puede ser que a unos sí y a otros más no. Unos porque de plano no les llama la atención, otros por miedo, otros por dificultades físicas y otros por cuestiones económicas (aunque La Malinche la puedes subir casi gratuitamente y sin guía, ya que el camino está muy marcado).

El amanecer en la cima hizo que valiera la pena no sentir las manos y los pies durante un rato. El descenso fue largo y creo, más cansado que la subida, ya que no había la motivación de alcanzar la cumbre.

Ya abajo, mientras recogíamos las cosas para irnos, me puse a platicar con un señor que lideraba un grupo que acababa de llegar. Iban a subir La Malintzin, igualmente. Sin embargo, a diferencia de otros grupos, ellos no subían a gente deportista ni con un mínimo de condición física. Eran un grupo que se dedicaba a subir a las cinco cumbres más altas de México a gente que muy probablemente nunca hubiese intentado subir: gente con sobrepeso, hipertensos, ancianos, con problemas musculares y demás. Hacían pequeños grupos con guías expertos e iban subiendo lentamente, con un objetivo y una promesa: alcanzar la cima.

Por lo que me contaba, el proyecto era todo un éxito. Como empecé escribiendo este artículo, la montaña reta, pero no sólo física, sino mentalmente. No conozco más allá los resultados del grupo, pero quiero creer que están haciendo la diferencia al incluir y brindar la posibilidad a personas que dejamos fuera, porque las creíamos incapaces y por lo tanto ellos igual se lo creyeron.

El mensaje es claro: solo es cuestión de buscar un camino diferente para lograr los resultados que se quieren. No podemos aplicar los mismos métodos para todos. Sé que en Mérida lo más alto que tenemos son las Country Towers (y por mucho tiempo lo fue el edificio Banamex) a las cuales se sube en elevador. Sin embargo, el mensaje encaja perfecto en cualquier institución, lugar o grupo que no incluya o abra la posibilidad a gente con discapacidad, mayores de edad y muchos otros grupos que están en desventaja en una sociedad que quiere que todo ser que la habite encaje a la perfección en el molde.

Sobre todo, creo que muchas veces pensamos que solo hay que adaptar los espacios públicos y esenciales, olvidándonos que también el resto de las personas quieren aventuras, quieren divertirse, quieren disfrutar sin tener que verse limitados por la poca oferta que hay. Obviamente, lo primero es adaptar los espacios esenciales, pero a veces se nos olvida que la vida no es solo vivir por sobrevivir, es vivir bien.

Por Renata Millet*
milletrenata@gmail.com

* Estudiante de Ciencia Política en el ITAM y de Pedagogía en la UNAM. Lectora, amante del mar y la navegación.

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