No me gusta cuando callas

Por Carlos Hornelas

Cada septiembre la Patria se viste de gala. De los edificios públicos cuelgan pendones con símbolos patrios. Las calles del centro son adornadas con motivos tricolor y los monumentos son iluminados en verde, blanco y rojo.

Este año se extrañan los típicos carritos de quienes venden las banderas, los botones, las matracas, los bigotes falsos, los sombreros y las corbatas de moño. Las calles les añoran. Su ausencia permite advertir la singularidad de esta efeméride con la población en recogimiento por la pandemia. No obstante, siguen en las calles, a plena vista, los vendedores de cohetes, palomas y buscapiés.

Cada año, la fiesta se pasa por agua. Las lluvias septembrinas no amedrentan a quienes en cada plaza cívica de la amplia geografía nacional se citan a beber champurrado, café de olla o comer churros, flautas o pozole para aguantar las corrientes de aire frío antes de la ceremonia del grito de independencia. En esta ocasión la emergencia sanitaria nos retira a las pantallas de la televisión, la computadora o el celular para atestiguar este rito obligado de orgullo patrio.

Los fuegos artificiales pintan el cielo nocturno con sus luces multicolores, sus formas caprichosas y su estruendo al estallar en medio de la profundidad de la noche. Las imágenes se sienten un poco más frías. Los sonidos un tanto sofocados. No es lo mismo.

Quien haya asistido alguna vez a esta conmemoración al pie del balcón del primer mandatario sabe que es de los pocos privilegiados que, perdido en el anonimato de la masa, puede expresar su desprecio, frustración o revancha mentándole la madre al presidente en turno. Es de las pocas cosas que uno puede decir que presenció y que no tuvo eco en las crónicas de los medios de comunicación al día siguiente.

Este año es diferente. ¿Quién? ¿Quién contesta la arenga cuando no hay nadie en la plaza? ¿Quién es la contraparte de quien prorrumpe con su voz los vivas a la patria? Es un grito que pasa por los medios. Que no se escucha por el respetable público en la plaza. Que no tiene respuesta. Nadie le responde al presidente. Está solo en el balcón, ondeando la bandera, con la mirada perdida viendo a nadie en ningún lugar. Dirigiéndose a ninguno presente. Solo.

Así me imagino el poder del primer mandatario: en la cima y en la soledad. De cualquier primer mandatario: solo con el peso de sus decisiones. Con la necesidad de reflexionar acerca de la sinceridad de quienes le aconsejan. Con la duda de quienes le prodigan alabanzas. Con la responsabilidad de tener a cuestas millones de vidas. Y me gusta pensar que en estas efemérides se pueden dar un tiempo para reflexionar si se ha hecho lo suficiente para la patria. Si con humildad se puede pensar en los errores y en las posibles soluciones.

No quisiera que esto se convirtiera en un monólogo. A nadie le conviene. Tenemos que empezar a conceder que no se trata de dimes y diretes, sino de una conversación en la cual todos podemos, de vez en cuando alzar la voz, o gritar a todo pulmón, pero nunca callar y retraernos.

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