¡No me quieras mucho, quiéreme bien!

Mario Barghomz
mbarghomz2012@hotmail.com

Sin duda una de las principales virtudes que mantienen de pie y en relación con los otros a este mundo de humanos, es el AMOR (y quiero escribirlo así, con mayúsculas). Porque sin AMOR el mundo no sería el mundo y la vida (nuestra vida) la viviríamos de otra manera… ¡no amando!

Y quizá pueda parecer un lugar común hablar del AMOR y demos por sentado que el mundo nació para amar, dadas todas las condiciones de nacimiento y desarrollo. Pero no es así. En una sociedad futura, por ejemplo, Aldous Uxley, el escritor y filósofo británico, propuso en “Un mundo feliz” (1932) una sociedad completamente atípica ajena al AMOR.

Los hombres de las cavernas no amaban; la parte límbica de su cerebro donde se encuentran los sentimientos, no estaba aún desarrollada. Vivían con base en el impulso y el instinto propio todavía de los homínidos.

Así que podemos estar seguros para bien o para mal, que somos afortunados al conocer el AMOR. El problema radica en cómo manejamos esta virtud que se encuentra entre lo racional y lo límbico, en la parte consciente y simplemente emotiva de nuestro cerebro, y aún las emociones que se generan desde nuestro cuerpo. Un último estudio habla de sentimientos generados tanto en el área subcortical de nuestro cerebro como de la neocortical. Es decir, de aquello que es simplemente natural y propio del ser humano (subcortical), como aquello que tiene que ver con nuestra capacidad de decidir y pensar (neocortical).

Y cuando se trata de querer, de amar a alguien o de que alguien nos ame, por lo regular nos preocupa más lo mucho que alguien nos quiera, y no lo bien que nos quieran. Pensamos que si nos quieren mucho o llegamos a querer mucho a alguien, eso es precisamente lo que nos hará felices. Sin embargo, esto muchas veces es una mera falacia, algo que parece una verdad cuando en realidad no lo es.

Basta a veces que nos quieran bien, no mucho pero suficiente. Porque en el amor (con minúsculas) suele abusarse de las condiciones antes de querer a alguien, del sometimiento del amado ante los celos o las demandas del amante, ante las amenazas y las advertencias de aquellos dispuestos a lastimar física y emocionalmente si se les “traiciona”, si las cosas en una relación no se hacen como ellos demandan o esperan. ¡Cuidado con el amor! (Así, con el “amor” en minúsculas).

Querer demasiado o que nos quieran siempre conlleva el riesgo de no estar a la altura de quien dice amarnos. En la historia del mito de Psique, ésta es llevada por Eros (dios del amor) a su palacio, un enorme espacio lleno de fasto y comodidad, por supuesto, es la morada de un dios, pero donde Eros no está. Psique siempre está sola, sin ver a nadie ni poder salir. Eros mismo le ha prohibido que lo mire a la cara. Y la historia, aunque al final termina bien, tiene una parte bizarra y trágica de aquellos que por ser amados deben vivir sometidos y miserables por el mismo amor (insisto, con minúsculas).

-¡No me quieras mucho, quiéreme bien! –le dice el hijo a un padre que siempre le prohíbe y lo amenaza, lo juzga y le reclama por no hacer lo que él espera que haga y obedezca porque como su padre, lo quiere mucho y todo, le dice, es por su bien. El padre, por todos los medios posibles, siempre ha saboteado la voluntad del muchacho, su libertad de elegir, le ha impedido amar a la mujer que quiere y lo que en su vida realmente quiere hacer. Y su egoísmo (“per se”) lo hace mantener el control, producto de una personalidad solitaria, engreída, resentida y frustrada ante la sensibilidad y la obediencia de su hijo, que sin embargo, lucha en lo personal con su propio dilema: ¡el AMOR! (“Shtisel” en Netflix).

En el AMOR se trata siempre de querer bien a alguien y no más porque luego nos hará demandarle, “cobrarle” o exigirle, juzgarle y reclamar todo aquello que no cumpla con nuestras expectativas, con nuestro ¡gran amor depositado en su persona! Porque donde hay una medida y la voluntad permanente de simplemente querer bien, el AMOR funciona, la familia funciona, la relación funciona. Es simple: que no sobre, pero que tampoco falte: ¡se llama ARMONÍA!

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