Oportunidades y tragedias aéreas

Por Carlos Hornelas

La sorpresiva muerte de la gobernadora constitucional de Puebla, Martha Érika Alonso, así como su esposo el exgobernador y senador, coordinador de la bancada del PAN, Rafael Moreno Valle, le brindan a la política Nacional un desasosiego al final de este año.

Es cierto que no es el primer magnicidio acontecido en la historia reciente, más bien se suma al muy desafortunado y lamentable perlario de eventos que incluyen a secretarios de Estado y gobernadores.

En 2012, en el sexenio calderonista, el entonces secretario de Gobernación, Francisco Blake Mora, pereció cuando su aeronave se desplomó en el Estado de México. En 2008, en el mismo sexenio, Juan Camilo Mouriño, también secretario de Gobernación al momento del accidente murió junto con José Luis Santiago Vasconcelos, entonces subprocurador de la Procuraduría General de la República al bordo de un Learjet que se estrelló en calles del Distrito Federal.

En el período de Vicente Fox en la presidencia de la nación, en 2005 se estrelló Ramón Martín Huerta en las cercanías entre el Estado de México y el poniente de la Ciudad de México. Martín Huerta era secretario de Seguridad Pública. Ese mismo año, Gustavo Alberto Vásquez, quien fuera gobernador de Colima, moría al estrellarse el helicóptero en el cual viajaba.

En el 2015, en una gira de trabajo, después de entregar cocinas ecológicas en Chihuahua con César Duarte, la comunicadora Lolita Ayala sufrió junto con el gobernador y su esposa un aparatoso accidente del cual pudieron salir adelante. Para la esposa del Gobernador resultó en tres vértebras con fractura y en el caso de Lolita, una explosión lumbar que requirió cirugía mayor y la colocación de clavos y placas de metal para su recuperación.

El trágico acontecimiento ocurrido en la víspera de Navidad levanta sospechas por la tirante relación entre Morena y el PAN en Puebla, después de un resultado controversial en las pasadas elecciones que le dieron el triunfo a Martha Erika Alonso.

Más allá del sospechosismo, como diría un clásico, estos hechos deberían representar una oportunidad para reconsiderar la seguridad del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien ha desestimado para sí cualquier tipo de cuerpo de élite encargado de su resguardo o de una logística especial para sus traslados. Si bien todavía está pendiente conocer los saldos políticos que resultan del magnicidio, también pueden, en un ejercicio de imaginación, por improbable u ocioso que parezca, los que podrían resultar de un atentado en contra del presidente. Si no lo quiere a carácter personal se le tiene que recordar que lo que se quiere proteger es la investidura que representa.

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