Otra vez taxis vs Uber

Por Carlos Hornelas

Mientras los taxistas de la Ciudad de México se manifiestan para exigir al gobierno que les ayude con la programación de una solución informática que les ponga, según ellos, en igualdad de condiciones para operar con las compañías de aplicaciones, los usuarios son tomados como rehenes en una muestra más de que, aparentemente, la única forma de canalizar las demandas con cierta eficacia es tomando las calles para hacer visible el reclamo.

He leído, con cierta dosis de sarcasmo, que la queja de los taxistas, para algunos opinadores, es un grito anacrónico ahogado por los tiempos modernos. Para ellos tiene el mismo valor de ridiculez dicho reclamo que si mañana tomaran las calles los carteros para exigir que el gobierno haga algo para que no sean olvidados por la historia.

No obstante, podemos admitir en cierta medida, que por una parte los taxistas no se han sabido subir al tren de la modernidad, pero por otro, las aplicaciones no están libres de tener choferes que hayan sido implicados en delitos tales como el feminicidio. Ninguno de los dos son blancas palomas.

Y sí, efectivamente las cosas han cambiado. Alibaba no tiene artículos en su inventario, Airbnb no cuenta con ninguna propiedad inmobiliaria, Facebook no produce contenidos y Uber no tiene flota de automóviles. Sin embargo, este nuevo mundo “líquido”, como le llamara Bauman, nos ha traído un sujeto que prefiere la eficacia y oportunidad, que la reflexión sobre la responsabilidad social y el papel del Estado.

En otros países, esos que a algunos opinadores les gusta citar como muestra y ejemplo de la “buena vida”, civilidad o superioridad de algún tipo, Uber en particular no ha sido del todo exitoso y en Dinamarca, parte de Alemania, parte de Inglaterra y en toda Hungría, Bulgaria, Italia, Francia, Finlandia y Holanda por citar algunos casos, ha suspendido operaciones por los mismos argumentos esgrimidos por los taxistas en nuestro país.

Se le ha considerado en una posición de ventaja por no tener la necesidad de someterse a la misma regulación que las empresas de transporte, argumentando ser una compañía dedicada a conectar a usuarios entre sí. Asimismo, se le acusa de no pagar impuestos, de no responder ante percances con sus vehículos, de ser una pesadilla para obtener una factura, de no ser responsables por al seguridad del pasajero, entre otras.

En todo caso llama a mi atención el tema porque contiene una serie de lecturas sesgadas. La primera de ellas lo que yo llamo la falsa idea de que todo progreso simplemente por traer una novedad es bueno en sí. Y es que en estos casos tanto Uber como el resto de las compañías que he mencionado han venido a resolver algunos problemas, pero no son la panacea y la solución que presentan no está exenta de efectos colaterales a considerar como la responsabilidad social de la empresa o sus obligaciones tributarias.

La segunda lectura es pensar que, si la movilidad social no es posible porque no pueda ser dueño de mi propio vehículo, mis únicas dos opciones son o los taxis o Uber. Es decir, lo que ha quedado fuera de la ecuación es la responsabilidad que tiene el Estado en la rectoría, pero sobre todo en la promoción e infraestructura necesaria para el transporte público.

Me parece que la verdadera innovación no consiste en involucrar la tecnología en la resolución de los mismos problemas sino en tratar de encontrar soluciones nuevas a las viejas problemáticas. Después de todo la industria automotriz con los vehículos autónomos avizora un futuro en la que la movilidad ocurra sin choferes y sin necesidad de ser propietario de ningún vehículo.

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