¿Por qué perdió México contra Estados Unidos en 1847? (Tercera y última parte)

A minutos del Halloween, pero siempre más emocionado por el Día de Muertos, quien esto escribe halla razones para tratar el tema en los titulares de la semana: plantones contra el presidente, deudas por agua y hasta dudas respecto al pacto federal.

¿TRAIDOR U HOMBRE DE SU TIEMPO?

Diez años después del episodio texano, ese estado cumple con la voluntad americana y se une a los Estados Unidos. México no reconoce esta anexión y las nuevas fronteras generan un reinicio de las hostilidades.

El también analista José Antonio Crespo refiere que el ministro norteamericano en México, Waddy Thompson, declaró que el encuentro militar que se avecinaba entre gringos y tenochcas sería “como un encuentro entre una débil mujer y un hombre fuerte y armado”.

Machismos aparte, Thompson y el resto de los Estados Unidos tenían claro que su enemigo al sur era un gigante torpe y dormido.

No obstante, hambrientos de tierra y sedientos de nuevas glorias, no iban a dejar nada al azar. Si el gigante en algún momento podía despertar, había que llenarle la cabeza de dinero y glorias para que él solito, cortesía de Santa Anna, se clavara una lanza en el costado.

Por supuesto, hay que admitir que muchos historiadores no coinciden con la versión de que Santa Anna jugó el papel de traidor en la aplastante derrota mexicana en 1847, que llevó a nuestro país a perder más de la mitad de su territorio. Uno de ellos es el ya mencionado doctor Felipe Couoh.

“(Esa versión) surge desde los tiempos en los cuales Santa Anna pierde las batallas, lo hacen prisionero en la guerra contra Texas y firma unos documentos leoninos a favor de Estados Unidos y de allí la leyenda de que fue cooptado por los Estados Unidos, pero en realidad no tuvo las condiciones, la fortaleza ni la economía para aguantar los embates estadounidenses”, aseguró.

Además –agregó el también catedrático de las Facultad de Ciencias Antropológicas– López de Santa Anna era un hombre de tiempo, etapa en el que prevalecía la noción de que sólo a través del dominio de otras potencias, México encontraría su curso.

Dicha visión era compartida por muchos liberales y conservadores, no obstante, mientras los primeros veían en Norteamérica a la salvación, los segundos aseguraban que la solución estaba en el Viejo Continente.

A favor de creer en la versión de un López de Santa Anna traidor, José Antonio Crespo afirmó que, apenas empezada la guerra, es el propio veracruzano quien se acerca al presidente Polk en busca de favores. Hay que recordar que, en aquel momento, el veracruzano se hallaba en La Habana por el descrédito que le generó la desastrosa campaña en Texas, pero también debido a un reciente escándalo personal: casarse con doña Dolores Tosta, 33 años menor que el dictador, a 40 días de la muerte de su primera esposa, María Inés de la Paz García.

“Ofreció el tenaz jalapeño su colaboración para conseguir una paz <<rápida y favorable>> a Estados Unidos a cambio de su apoyo para regresar a México en donde, según su cálculo, ocuparía nuevamente la presidencia”, escribió Crespo.

Además, el mismo historiador puntualizó que, desde aquel intercambio de comunicación entre Polk y López de Santa Anna, ya se había apalabrado ceder territorios al vecino del norte a cambio de dinero.

Así, es más que probable tomar la versión de Santa Anna traidor como auténtica verdad al agregar Crespo Mendoza sobre el veracruzano: “[…] proporcionó a los norteamericanos valiosa información militar para hacerles más fácil la victoria sobre las fuerzas mexicanas”.

En síntesis, como podrá suponerse, Santa Anna efectivamente regresó a México con el apoyo de Estados Unidos con ganas de perder.

Un país se derrumba

Por supuesto, ya en el poder, y tras varias jugadas chuecas a sus rivales políticos, López de Santa Anna, grandísimo actor y ahora vicepresidente –Valentín Gómez Farías se mantenía aún en la Presidencia– asegura con pasión que la lucha contra

Estados Unidos será a muerte, aunque México tendrá una extrañísima mala suerte en combate gracias a retiradas inexplicables, avances suicidas y estrategias absurdas.

Párrafo aparte merece las autoridades católicas en México, las cuales, con tal de no perder propiedades y riquezas –se había ordenado una expropiación para financiar la guerra con Estados Unidos– pactaron con los invasores a condición de que no les rayaran ni tantita pintura a los portones de las parroquias.

A cambio, los religiosos patrocinan, en medio del conflicto contra los norteamericanos en el norte del país, una rebelión que hace regresar a Santa Anna del frente, apartar a Gómez Farías del poder, y ahora sí, permitir –siguiendo la versión que lo deja como traidor– la victoria de los gringos, quienes en marzo de 1847 abrieron un segundo frente con la invasión del puerto de Veracruz.

A partir del triunfo norteamericano en la costa veracruzana, se contabilizan de manera oficial, siete enfrentamientos contra los norteamericanos en: Tabasco, Cerro Gordo (Veracruz), así como Lomas de Padierna, Churubusco, Molino del Rey y Chapultepec en la capital mexicana, pero todo fue inútil.

Es más, ni siquiera todos los mexicanos se habían unido para rechazar al invasor: Puebla, cortesía del obispo católico Pablo Vázquez, no ofreció resistencia; Yucatán, en aquel momento república independiente y al borde la Guerra de Castas, se había declarado neutral ante el conflicto; y los estados de Zacatecas y Aguascalientes luchaban entre sí debido a la autonomía que el Congreso Nacional le había quitado a los hidrocálidos.

¿Qué guerra iba a ganarse?

Mucho antes de empezar, la traición, la ineptitud y la desunión ya habían triunfado para humillar a esta tierra de mestizos.
Así, sólo quedaba espacio para actos tan heroicos como inútiles como la probable falsa hazaña de un cadete que se lanza al vacío envuelto en la bandera nacional.

En ese sentido, sobre la cuestión de los llamados “Niños Héroes”, el maestro Couoh opinó que, efectivamente, hubo militares muy jóvenes –cadetes entre ellos– que mantuvieron sus posiciones, a pesar de que la derrota era inminente. De hecho, recuerda, que el militar yucateco Juan Crisóstomo Cano y Cano, quien por cierto falleció en la batalla de Chapultepec, ordenó la retirada de los jóvenes, pero muchos se negaron.

“Jugaron un papel preponderante. Entregaron hasta el último aliento de su vida en aras de defender la patria. Hay aspectos que luego se anecdotizan. Pero nadie huyó. Eso hay que decirlo”, agregó el profesor universitario.
Sí, sólo quedaba morir con honor.

¿Qué guerra iba a ganarse?

Lecciones

Si llegó hasta aquí, le debo siquiera la respuesta a la pregunta de cómo por qué carajos tanta letra para una vergüenza de hace cientos de años y pasados ya los días para sentirse mexicano.

A minutos del Halloween, pero siempre más emocionado por el Día de Muertos, quien esto escribe halla razones para tratar el tema en los titulares de la semana: plantones contra el presidente, deudas por agua y hasta dudas respecto al pacto federal.

Sí, el país respira un clima de encono y división que crece y se vuelve más extremo. Ciertamente, no somos los mismos de hace 173 años, pero aún guardamos profundas semejanzas con los mexicanos y mexicanas de 1847.

Al hablar sobre las lecciones que debiera dejarnos este episodio histórico, además de lo referido líneas arriba en torno a los grandes mexicanos que aparecen en tiempos oscuros, el catedrático Couoh Jiménez opinó: “siempre que el pueblo mexicano muestra desunión y se generan condiciones de desencuentro, se abre una posibilidad para que intereses extranjeros nos coopten o se posicionen de lo mejor del pueblo mexicano”.

Sobre este triste capítulo, don Luis González y González reflexionó: “Los mexicanos ofrecieron resistencia […] pero su falta de organización abrió las puertas a los invasores. […] Esta derrota se debió a la falta de una conciencia nacional, que a partir de entonces comenzó a forjarse lentamente”.

A 173 años, más nos valdría repetirnos la lección, las palabras pegadas con letras doradas en el muro principal de la Cámara de Diputados: “La patria es primero”.

Hoy por hoy, parece burla. ¿Cuándo cambiará?

Texto: Alejandro Fitzmaurice
Fotos: Cortesía

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