¿Qué es populismo?

Se está volviendo casi una moda calificar de “populistas” a los gobernantes cuya forma de gobierno se desaprueba o se reprueba abiertamente por quien o quienes los califican de ese modo. Sin embargo, hasta donde yo he podido informarme, el “populismo” no forma parte del vocabulario científico-técnico de la ciencia económica o de la política; no es un concepto científicamente elaborado sino una de tantas armas ideológicas creada a raíz de la Segunda Guerra Mundial para frenar el avance de las ideas socialistas entre los trabajadores de la Europa occidental de posguerra.

En efecto, en esos años, los pueblos europeos se debatían en medio de las ruinas, la devastación y el hambre heredados por la guerra, razón por la cual el prestigio de las ideas socialistas crecía por momentos entre ellas. Particular peligro representaba el acelerado crecimiento de los partidos comunistas de Italia y Francia, que los ponía en condiciones de hacerse con el poder por la vía del sufragio universal, un peligro que había que conjurar a como diera lugar. Se dio la súbita reactivación de la llamada “guerra fría”, bautizada así por un periodista norteamericano en aquellos días pero que no nació entonces, sino que venía ya desde las postrimerías de la Primera Guerra Mundial. La lucha fue despiadada y a muerte. Se crearon escuadrones secretos de asesinos, se inventaron y difundieron las más infames calumnias contra la URSS y Stalin y se llegó al extremo de manipular los alimentos (por ejemplo, el abasto de trigo en Italia) para derrotar a los comunistas. Se dejaba morir de hambre a sus partidarios mientras se premiaba con pan a los fieles a la “democracia”. Fue en este ambiente de muerte, hambre y desolación que nació el término “populista” para escarnecer a los socialistas.

Hoy se aplica sin mucha reflexión sobre esto pero con una finalidad parecida: descalificar con un solo golpe a cualquier líder político o gobernante cuya política se aparte, en el grado que sea, de lo que sus críticos consideran el camino correcto y único para todas las naciones del mundo: el del capitalismo o economía de libre empresa. Aunque no lo digan o no lo tengan completamente mentalizado, el hecho es que tiran golpes a izquierda y derecha usando como porra el descalificativo de “populista” para desacreditar cualquier intento por encontrar y poner en práctica una alternativa distinta. Con tal actitud se colocan de lleno, lo sepan o no, en el punto de vista de Francis Fukuyama, el filósofo norteamericano que declaró, a raíz de la derrota del bloque soviético, que más allá del capitalismo está la nada o el caos; que la humanidad, con la economía de mercado, había llegado al fin de su historia.

En consecuencia, defienden la idea de que, cualesquiera que sean los frutos, las calamidades y sufrimientos que la economía de libre empresa acarree a las grandes masas trabajadoras (guerras, pandemias, desigualdad, pobreza, desempleo, hambre, enfermedad, ignorancia, etc.), no queda más camino que resignarse y aprender a vivir en esas condiciones, en ese sistema, puesto que no existe ningún otro posible. Los que se valen del populismo indefinido y sin matices para combatir a los insumisos, aceptan y a veces aconsejan buscar y aplicar reformas que, sin tocar para nada su esencia misma, hagan del capitalismo algo “menos imperfecto”, algo más humano y tolerable para las mayorías. Pero nada más. 

Pienso que el error fundamental de este razonamiento no está en que mete en el mismo saco a tirios y troyanos, a izquierdas y derechas (a Bolsonaro junto con Trump, con  López Obrador, con Putin y con Maduro, por ejemplo), sino más bien en que hace tabula rasa de las grandes y fundamentales diferencias entre las distintas corrientes que se autodefinen como “de izquierda”. La aplicación indiscriminada del término “populista” impide ver esas diferencias; condena y desecha a todas por igual y a todas las considera “impresentables” en la vida política nacional. Es claro que si aceptamos tal opinión, nos quedamos con el capitalismo como única y definitiva opción, es decir, volvemos al punto de vista del “fin de la historia”, algo absolutamente anticientífico y falso, si puedo expresarme así. Y no solo eso. También caemos en la posición antisocialista a ultranza de las fuerzas reaccionarias que idearon el término en los tiempos más oscuros de la guerra fría.    

En México está de moda acusar de “populista” al presidente, sugiriendo con ello que es su formación izquierdista la culpable de sus errores. Pero lo cierto es lo contrario: sus errores se deben, precisamente, a su falta de dominio de una doctrina filosófica, económica y política profunda, coherente y sistemática, que lo guíe en todas sus decisiones y actividades de gobierno. Su identificación con el pueblo y sus miserias es semejante a la de un filántropo y a la de la caridad cristiana. Por eso está empeñado en aliviarlas con ayudas directas, rápidas y en efectivo, igual en esencia al socorro del filántropo o a la limosna del cristiano piadoso, sin preocuparse por saber si tal ayuda es suficiente y sostenible o no. Su “populismo” convive con un talante de iluminado por un poder superior, de ahí que se crea la verdad encarnada; “Yo soy la verdad y la vida”, respondió Jesús cuando Pilatos le preguntó: ¿y qué es la verdad? y que exija obediencia ciega a sus discípulos. Por lo mismo persigue y combate a las masas organizadas y capacitadas para actuar por sí mismas, pues teme, no sin razón, que lleguen a ser un obstáculo serio a sus designios. Carece de una visión materialista y científica de las cosas, y por eso le importan un bledo la ciencia, el arte y la cultura. Por eso también apela, no a la inteligencia de sus seguidores, sino a la fe en él. La inteligencia, por su esencia misma, no puede ser incondicional ni ciega; pero la fe no solo puede, sino que debe serlo.

Pero no toda la izquierda cabe en ese marco. Existe la izquierda abiertamente socialista que mereció ser llamada “populismo” por la reacción europea. Existe todavía y rechaza resueltamente la tesis de Fukuyama. Sostiene que el capitalismo no solo puede mejorarse sino también superarse definitivamente por una organización social superior. Pero también piensa que esas dos fases no son excluyentes sino que forman una unidad necesaria: la segunda nace forzosamente de la primera. Sin embargo, cada una tiene su época, su momento, y no puede ser omitida a voluntad. Para nosotros, para el Movimiento Antorchista Nacional, la hora de México es la hora de las reformas serias y urgentes del sistema; es la hora de emprender una enérgica política de redistribución de la renta nacional para combatir resueltamente la desigualdad, la pobreza y la marginación de las masas trabajadoras.

Aquiles Córdova Morán

Secretario general del Movimiento Antorchista Nacional

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