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Armando Escalante
Periodista y analista político

¿No les pasa que a veces saben por anticipado que algún hecho tarde o temprano ocurrirá?

Así sucede por ejemplo cuando se elige a miembros de un equipo de gobierno donde por adelantado los funcionarios que tienen intereses personales —se sabe— mostrarán el cobre tarde o temprano. No falla.

Incluso no falta quien en un gesto de colaboración, se anime a advertir al que nombra y decide, que “si elige a este personaje”, cometerá un error muy grave. Lamentablemente, no todos los que tienen bola de cristal aceptan advertir o avisar que se escogió mal a un funcionario porque primero, a nadie nos preguntan nuestro parecer, y segundo, se creerá que hay algún motivo o razón para opinar de esa manera.

Los intereses personales suelen acompañar a los funcionarios que ocupan cargos públicos y no son pocos los que precisamente por eso aspiran a llegar a un puesto. Tenemos ejemplos de sobra. Y parece mentira, los más corruptos que desfilan por las sillas más comprometidas, suelen salir bien librados y nunca se saben de sus corruptelas precisamente por lo mafiosos que son.

Sin ser ingenuos, a veces quien los nombra lo hace con conocimiento de causa. Es decir, fulano ocupa tal silla porque precisamente sé de qué pie cojea. Para eso se les pone en determinado puesto.

Sin embargo, cuando quien nombra lo hace de buena fe, confiando en recomendaciones, en una hoja curricular, y hasta en cierto conocimiento de la persona, no está exento de errores, equivocaciones, pero sobretodo, de traiciones.

Que un colaborador sea ampliamente rencomendado por gente cercana, no exime que el día de mañana este servidor no termine comprometiendo a todo un gobierno y dejando mal a quien lo propuso. Hay que ser claros, la culpa es de quien decidió con base en ciertos requisitos, elegirlo o designarlo. Puede un gobierno proponer una terna de personajes para un puesto y el Congreso del Estado que lo debe elegir, ser el que se equivoque. Sin embargo, la propuesta viene de algún lado y generalmente eso no sale a relucir cuando vienen los conflictos.

Ojalá que las recomendaciones a los puestos provengan de gente que no tiene intereses con ellos. Le complican a un gobernador la difícil tarea que tiene de dar la cara por otros.

El xix. ¿Dónde están los amigos del fiscal renunciante que lo propusieron, a la hora de soportar las críticas? Todo mundo sabía de sus bisnes en la calle y de los privilegios que tenían sus clientes cuando caían en la dependencia. Tenerlo de abogado era algo así como jugar a lo seguro. Y aún faltan muchos más que no están en el flechero “ni suenan” porque los enjuagues no valen tantos ceros. Vaya, no hay quien los grabe por tan poco dinero.

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