Roma, una película en español subtitulada en español

Roma de Alfonso Cuarón, arrancó el martes, como el resto de las películas que participan en las votaciones a los Oscar, una carrera que podría llevarle a su lugar en la historia. Si gana la estatuilla a mejor filme será el primer largometraje que lo logra en un idioma distinto del inglés. Porque la película-fenómeno de Alfonso Cuarón está rodada en una mezcla de español y mixteco. Y en los cines (y en Netflix, plataforma de streaming que la produce) se puede ver subtitulada en… español de España. ¿Era necesario rotular “enfadarse” cuando un personaje dice “enojarse”? ¿Saben los espectadores de Madrid, sin necesidad de subtítulos, que cuando un mexicano teme que su jefe le despida exprese su sospecha de que le “van a correr”?

La decisión de Netflix de proporcionar a los espectadores un subtitulado que además es una traducción de un idioma (mexicano) a otro (que es el mismo, y se habla en la Península) enciende un debate sobre el español como una lengua común. Un debate en el que el propio Cuarón lo tiene claro: “Es parroquial, ignorante y ofensivo para los propios españoles”, explicó el martes el cineasta por correo electrónico. “Algo de lo que más disfruto es del color y la textura de otros acentos. Es como si Almodóvar necesitara ser subtitulado”.

El escritor mexicano afincado en Barcelona Jordi Soler se expresó en esa misma línea en Twitter tras ver el filme en diciembre en los cines Verdi de la capital catalana (uno de los cinco que la proyectaron en España). “Roma está subtitulada en español peninsular, lo cual es paternalista, ofensivo y profundamente provinciano”, escribió. Soler ponía ejemplos, como convertir “ustedes” en “vosotros”, o “mamá (el colmo del ridículo) en madre”. La gota que colmó su vaso fue el “gansito” que pide uno de los niños en la película. En México, es la marca de un pastelito de chocolate. Pero la traducción escrita lo transformó en “ganchitos”. En España, eso es un aperitivo con olor a queso y color anaranjado.

Siete parecidos poco razonables

“Se va a enojar tu mamá” es subtitulado como “Tu madre se va a enfadar”.

“Qué babosa eres” (“Qué tonta eres”).

“Nomás no se vayan hasta la orilla” (“No os acerquéis al borde”).

“¡Vengan!” (“¡Venid!”).

“Y, además, quiero un coche más chico” (“Y quería un coche más pequeño”).

“Tengo que ir a checar” (“Tengo que mirar”).

“Si está bien suave” (“Está tranquila”).

“No es para entender los diálogos; es para colonizarlos”, reiteró Soler en conversación telefónica. Entre las respuestas que suscitó su tuit se pudieron leer estas: “Creo que hay modismos, localismos y otros neologismos de la cultura mexicana que precisan contextualizarse”, o “la dicción es muy distinta en nuestros países”. O, ampliando el foco: “En México subtitulan las películas españolas en español mexicano, no se entienden nada algunos acentos”.
El País preguntó sobre este asunto a Netflix, cuyo servicio de streaming ofrece para Roma la doble opción de los subtítulos en “Español” y “Español latinoamericano”, pero la compañía declinó hacer comentarios.

Otro espectador al que le pareció “innecesaria” la rotulación en Roma fue el secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española (Asale), el venezolano Francisco Javier Pérez, portavoz de una entidad que agrupa a las 23 instituciones que vigilan el buen uso del idioma. “No tiene sentido. Hay voces regionales, coloquialismos, que algunos son conocidos y otros no, pero en ningún caso impiden que entendamos lo que estamos viendo. Incluso se llega a poner subtítulos iguales a lo que se dice, con lo que el sinsentido es doble. En otras ocasiones, se incide en la conjugación (subtitular “venid” cuando se dice “vengan”). Los cortocircuitos en la compresión son muy contados”. Los expertos hablan de que las palabras también adquieren significado en función de su contexto. “Es una simpleza”, concluyó Pérez, “espero que no haya ninguna mala intención, pero lo importante es que no cree un precedente”.

El académico de la lengua Pedro Álvarez de Miranda afirmó que le llamó “mucho la atención” cuando vio la película. “Es la primera vez que veo que se traduce en el cine de una modalidad del español a otra, porque los subtítulos traducían lo que decían los personajes, no lo transcribían”. Este filólogo, experto en historia de la lengua, está en contra de una medida que puede ”abrir una grieta en la intercomunicación entre los hispanohablantes”. Son unos subtítulos “peculiares porque oyes una cosa que entiendes perfectamente, pero lees otra diferente. Me parece incluso una falta de confianza en los espectadores y su capacidad de comprensión”.

Aunque la controversia por los subtítulos del filme de Cuarón es nueva, no lo es que se subtitulen películas latinoamericanas en España. En 2000, durante la proyección en el Festival de San Sebastián de la mexicana La perdición de los hombres, de Arturo Ripstein, el productor José María Morales reparó en que los españoles no se reían, pero los extranjeros que seguían los subtítulos en inglés, sí. El filme ganó la Concha de Oro (con perdón para los argentinos) y Morales la llevó a las salas subtitulada.

En esa riqueza de la lengua compartida abunda un libro de inminente aparición, coordinado por el periodista Álex Grijelmo y el académico de la lengua José María Merino: 555 millones podemos leer este libro sin traducción (Taurus). En él, diversos especialistas escriben sobre la fuerza del español. El investigador mexicano Raúl Ávila, por ejemplo, escribe que en la lengua “apenas 20 de cada 10,000 palabras gráficas son de uso no general”.
En México, Roma se proyecta en los cines sin subtítulos (excepto las partes en mixteco).

Texto y foto: Agencias

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