Santo Cristo de las ampollas

Ayer se cumplieron 100 años de la bendición a manos del arzobispo Martín Tritschler y Córdova de la actual imagen del Cristo de las Ampollas, la cual es una similar a la original, que se ubicó en el mismo lugar y que fue destruida un 24 de septiembre, pero de 1915.

Aquella trágica noche, durante tres horas las turbas de socialistas, junto con viciosos y truhanes de la ciudad arrasaron con barretas y palos una labor de piedad popular y arte sacro de trescientos años incluyendo el retablo principal. El Santo Cristo de las Ampollas, la venerada imagen de Ichmul, desapareció aquel día.

Testigos presenciales aseguraron que los iconoclastas la extendieron unos minutos en el atrio catedralicio, donde la orinaron, la escupieron y le dieron golpes bárbaros con picos y barretas. Después, en un vehículo de la policía judicial de Alvarado fue conducida en fragmentos hasta el edificio llamado de la “caballería”, en la avenida Reforma. Algunos aseguran que, un par de días más tarde, en el mayor secreto, fue arrojada al mar por las costas de Sisal.

Doña Elsa Azarcoya guardaba en un pañuelo dos clavos de plata que, aseguraba, pertenecieron a la imagen desaparecida.

Según sus familiares, los había adquirido a una mestiza que aceptaba empeños ahí por el Cementerio General. Ese debe haber sido el destino de la corona con amatistas, los manipulas de seda dorada y otras joyas que lucía el Cristo. Uno de sus sudarios se conserva en el Museo de Arte Sacro de Conkal.

En 1919, el devoto Rafael Quintero decidió restaurar la capilla que había quedado desmantelada y mandó a elaborar en Querétaro una figura lo más parecida posible a la original. Una vez terminada la obsequió a la Catedral. Se le ubicó más o menos en el mismo lugar y la devoción religiosa continúa hasta nuestros días.

EL ORIGEN DE LA IMAGEN

El cronista de la Ciudad, Jorge Álvarez Rendón, recuerda que en su niñez escuchó a su abuela contar que en 1625, Jesús Be, el sacristán de Ichmul, pequeña población ubicada al sur del estado, subió a la torre y observó a lo lejos un árbol que parecía arder en viva luz. El sacerdote Juan de la Huerta mandó a cortar el árbol y la madera fue llevada a la sacristía. Semanas después llegó a la población un joven que dijo ser español y de oficio tallista, por lo que se le encargó una imagen de la Virgen María.

Pidió trabajar en la misma sacristía y que no se le molestara, pero lo raro del asunto es que no le vieron herramientas. La cuestión es que durante tres días se encerró y no salía ni siquiera para comer, por lo que preocupados, el padre y su sacristán forzaron la puerta y se encontraron con la imagen de Cristo Crucificado.

La imagen fue muy venerada, y su prestigio aumentó cuando en 1634 un incendio consumió el templo y entre las cenizas el Cristo se mantuvo de pie, pero ennegrecido y cubierto de ampollas.

El padre Juan de la Huerta fue trasladado a Hocabá, y se llevó la imagen, que al fallecer en 1644 la donó a la Catedral de Mérida a donde fue trasladada en procesión solemne el 16 de mayo de 1645.

La devoción por el Santo Cristo en el siglo XVIII aumentó considerablemente, en virtud de que cuando alguna epidemia o rara enfermedad azotaba la población, así como también alguna prolongada sequía surgía, las plegarias y procesiones a la venerable imagen se incrementaban.

También hay 7 testimonios de enfermos que recuperaron la salud y personas que habían sido rescatadas de algún peligro. En los años del auge del henequén, las festividades y peregrinaciones en honor al Cristo de las Ampollas llegaron a su máximo apogeo… Hasta el 24 de septiembre de 1915.

Texto: Manuel Pool Moguel
Fotos: Luis Payán

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