Se fue “El Príncipe de la Canción”

México es un país acostumbrado a venerar a sus dioses de la canción. Unos seres terrenales que un día les hicieron llorar de alegría o les acompañaron en los peores momentos. No importa si viven o están ya muertos, como José Alfredo o Pedro Infante. Hay un preciso instante, mientras vivían en que se volvieron inmortales.

De la noche en la que no ganó el premio de la segunda edición del Festival Mundial de la Canción Latina, pero sí el corazón de un país entero, él mismo relató en sus memorias: “Conforme continuaba la canción, el grado de dificultad aumentaba. La gente lo sabía y con cada agudo gritaba conmigo. ¡Qué canción tan difícil!”. El público enloqueció, las rosas le llovían, artistas de la talla de Angélica María o Marco Antonio Muñiz se habían quedado boquiabiertos.

Fue el primer hijo de José Sosa Esquivel y Margarita Ortiz, dos cantantes de ópera y zarzuela que se conocieron en el Conservatorio Nacional de Música. Su padre educó a sus tres hijos en la música clásica y les previno de Elvis Presley, de todo lo que oliera a rock and roll y a twist; creía que eso los contaminaba. Como solo trabajaba dos veces al año en la ópera tenía que ganarse la vida tocando el órgano en la Iglesia de un barrio rico. José José contó en una entrevista a este diario que creía que le atormentaba ver su talento desperdiciado en una parroquia. Sus frustraciones se mezclaron con una neurosis que empeoró hasta tal punto que en mitad de la noche, según recordaba el cantante, era capaz de levantar a toda la familia para buscar un destornillador extraviado. Estaba borracho. Murió sumido en el alcohol. Su hijo casi también. Y el nombre artístico lo escogió en homenaje a él: dos veces José.

Los mejores tiempos no duraron mucho. Sus pulmones se llenaron de pus y su diafragma se quedó paralizado. Había sufrido una neumonía fulminante. Era el año 1972. Todo el mundo le decía que estaba muy joven para destruirse de esa manera. Tenía 24 años. Se había alimentado de ron y cualquier estupefaciente que le ayudara a distanciarse de su primer divorcio con Kiki Herrera, su primera gran traición, según explica él mismo en sus memorias, Esta es mi vida (Grijalbo, 2008). Pero lo haría igual después, por una relación nociva con Ana Elena Noreña (la madre de dos de sus hijos), por la falta de dinero tras el saqueo de diferentes representantes, por la ausencia de su voz, porque dentro de él estaba dormida una depresión aguda que despertaba cada vez que había una dificultad. José José comenzó desde joven a vivir esporádicamente en centros de rehabilitación para drogadictos.

A principios de los noventa José José era ya José José, hiciera lo que hiciera. No importaba que el esmoquin escondiera los excesos a los que fue sometido su cuerpo durante más de 20 años, que subiera a los escenarios con la mitad de su voz, en otro momento prodigiosa, y pareciera un karaoke de sí mismo. Un día, en aquellos años, después de presentar el disco que lo precipitó a la decadencia, 40 y 20, salió a cantar borracho y tras entonar como pudo la primera canción se echó a llorar.

Poco antes de ser internado de nuevo en un centro para drogadictos, vivía en un taxi con un grupo al que apodaba “El escuadrón de la muerte”. Un día de resaca le preguntó a uno de ellos: “¿Por qué no nos hemos muerto todavía”, “Por las calorías del alcohol”, respondió el más veterano. Sara Salazar, Sarita, su última mujer, madre de su hija menor, es a quien le debe su resurrección de aquel agujero negro sin salida.

Ya sin voz, agotada por inyecciones de cortisona durante años, pues era lo único que le permitía disfrazar los síntomas de su autodestrucción, se dedicó a las telenovelas. Él, que había vendido más de 100 millones de discos, que había llenado el Madison Square Garden y el Radio City Music Hall de Nueva York, además de las mejores plazas de Las Vegas, tuvo que recurrir a algunos papeles en Televisa para recuperarse económicamente. En 2007 sufrió una parálisis facial en la mitad de su cara.

Desde entonces, cuentan los más cercanos, se volvió un hipocondríaco. José José pasaba exámenes médicos cada año, y hace dos le detectaron cáncer de páncreas. Gavilán o paloma, La nave del olvido, Lo dudo, Mi vida, Almohada y, por supuesto, El triste seguirán sonando en el repertorio colectivo de cualquier mexicano. Porque los dioses de la canción mexicana como José José son de las pocas cosas que unen a este país.

Texto: El País
Fotos: Cortesía

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