Si nuestras calles hablaran (Parte 1)

Por Didier Ucán

Me gusta pensar que todos tenemos una historia que contar, de historias está hecho el mundo. Fue el 6 de enero de 1542 que la ciudad de Mérida, Yucatán, empezó a contar con su propia historia. Desde el mote polémico de “Ciudad Blanca” hasta la existencia de sus barrios y sus múltiples iglesias; la ciudad nunca deja de contarnos sus historias. No es perfecta, ninguna ciudad lo es, pero lleva consigo estos relatos que merecen permanecer en el pensamiento colectivo.

Las calles de la ciudad han visto desaparecer innumerables negocios y edificios, pero han permanecido como prueba irrefutable del tiempo, ahí erguidas esperando, escuchando silenciosas por una nueva, o vieja historia que contar.

En sus esquinas, unas pequeñas placas con dibujos descansan en las paredes de piedra, mismas que fueran instauradas durante la gestión del entonces alcalde Herbé Rodríguez Abraham.

El origen de dichos nombres se ha ido dando durante el paso del tiempo y puede encontrarse desde la Mérida colonial, esa en donde el índice de analfabetismo era grande y a la gente no le quedaba de otra que guiarse a través de referencias tomadas de tiendas, objetos o acontecimientos sucedidos en dichas calles. Aunque en la ciudad del siglo XIX y principios del siglo XX seguiría siendo una forma de ubicarse para los meridanos.

Así, poco a poco y mientras la ciudad crecía, nacieron la esquina del “Gallito”, de la “Gran Lucha”, del “Dzalbay”, del “Elefante” y muchas más, cada una de ellas lleva consigo una historia, algunas son simples y otras más elaboradas.

De entre las 659 esquinas del centro histórico, se desprenden tres historias particulares que evidencian el paso de la Mérida entre tiempos: Un lío amoroso entre un barbero, una dama y un ex gobernador. Los recuerdos nostálgicos de un coreano en un bar y la fantástica historia de dos monjas y su loro. Historias que irán apareciendo poco a poco y a lo largo del mes en este espacio.

Un pequeño tributo a la Mérida de mis amores.

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