Columna | Sólo quería roquear con Miguel

Por Jhonny Eyder Euán

Me pasé la tarde escuchando heavy metal hasta que sentí el impulso de hacer lo inesperado. Salí despacio por el pasillo de concreto en medio del césped húmedo. Caminé con extremo cuidado, aunque por ratos corría por el temor a ser descubierto y acabar en la cárcel por quebrantar el toque de queda. Y todo para qué. Sólo quería roquear con Miguel.

Entre semáforos rutinarios y gatos vagabundos continué mi travesía nocturna. No tuve miedo en ningún momento, pero sentí que debí tenerlo cuando le di importancia al hecho de que desde que salí de casa no había visto a ninguna otra persona. Bueno, era lo obvio de un toque de queda, pero se me hizo muy extraño que nadie rompiera las reglas, tal y como hacía yo. En verdad no había nadie ni por error.

De tanto correr ya estaba agitado, y aunque Miguel se la pasaba enviándome mensajes para que me apurara, decidí comenzar a caminar muy despacio. En eso, me encontré con una calle ausente de luz por la sombra de un enorme árbol. El pavimento no reflejaba los destellos de la luna y reconozco haberme intimidado por tan misterioso escenario. Incluso pensé en regresar a casa y seguir escuchando mi música. Insistir en esa misión cambió las cosas.

Miguel pidió permiso a sus padres y con muchas precauciones vino a pasar la mañana en mi casa. Trajo su computadora, libros y un par de discos de Deep Purple y Pentagram para escuchar. Él estaba recostado en la cama mientras yo veía el cielo por la ventana con las piernas sobre el escritorio. Mi invitado hojeaba comics y me contó que con aerosol pintaba letras y dibujos en las paredes para no aburrirse del encierro. También le platiqué un par de cosas de mis días, aunque era obvio que quería saber algo en especial.

—¿Por qué no llegaste a mi casa el lunes? Te esperé un buen rato en la sala. Creí que te detuvo la policía, no sabía si llamar a tus papás.

Por un momento dudé en contarle. Cómo decirle que me quedé en medio de la calle porque un sujeto se apareció de repente y dijo ser de otro planeta. Cómo contarle que ese extraterrestre se veía y hablaba igual que nosotros los humanos. Cómo decirle que tenía muchas ganas de escuchar a Black Sabbath en su casa, pero que en mi camino se cruzó Ray Bradbury y sus crónicas marcianas.

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