Solo

Armando Escalante
Periodista y analista político

Como si fuera de acero, irrompible e imbatible, el personaje decidió actuar solo, usar su olfato, su poder y el dinero de los impuestos que por ley le corresponde, para actuar como él quiera, sin hacer caso a lo que marque el librito o recomienden los expertos y los años de experiencia de los demás.

No necesita nada, nadie le hace falta y se basta solo para actuar. No escucha objeciones y siempre es sordo cuando la crítica se le viene encima. Cuando quiere hace como que consulta, aparenta que socializa y “vende” sus temas. Pero no con muchas ganas de saber qué piensan los demás o si alguien tiene algo que aportar sino para que todos sepan qué tienen que obedecer.

Lleva meses y hasta años pasando por alto las circunstancias. Eso si, algunas veces se ve que hace su mejor esfuerzo pero luego le sale el carácter… personalista de aquel que juega solo el partido hasta que por su culpa le quitan el balón, le meten un gol y ¡puuuum! un día le estallan los líos y salen los esqueletos del clóset.

Hoy no hablamos de López, no sobra aclarar, aunque muchos entiendan a la primera.

Y ya no vale la pena ni lanzarle una flor porque como pudo verse en polémico tema, le viene valiendo una pura y dos con sal, cualquier opinión. Si no le da pendiente armar un desastre a la vialidad, afectar comercios, fastidiar las filas de las escuelas —que un día volverán a clases—, molestar a la gente en la puerta de sus casas en meses previos a las elecciones, qué le puede importar lo que alguien explique, piense o escriba —así sea un votante suyo— de buena fe. Con más razón si es para hacerle alguna observación o de plano diferir de él. Faltaba más.

Así fue el cántaro al pozo tantas veces hasta que se perdió una elección en 2010 y los meridanos y la ciudad padecimos la llegada de los que no tienen idea de donde se abre la llave para regar un camellón. La insolencia de los que se creen suficientes afecta a los ciudadanos. Esos políticos que pueden solos, un día se van y el daño que causan se queda. Olvidan que no hay enemigo pequeño.

El xix.— Cuenta la infidencia que tras escuchar sus penurias, complicaciones, dificultades y demás lamentos en el ejercicio del poder, una voz conmovida por tantos avatares le preguntó al político yucateco —rodeado de un puñado de informadores, algunos  conocidos mercenarios sexenales— ¿en qué podemos ayudarlo? “En nada” —reviró enseguida para cuestionar:  ¿les debo? ¿les debemos?

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