¡Te odio!

Mario Barghomz
mbarghomz2012@hotmail.com

¿Qué sentido o consecuencia tiene en el ánimo de una persona odiar a otra? ¿Qué beneficio o conveniencia para su propia persona? ¿Qué espera ganar el que odia de la persona odiada, aun así la someta o la dañe, la aborrezca o la maldiga?

La expresión ¡te odio! es como un cuchillo afilado clavado en el corazón de alguien. Y aunque posteriormente haya una disculpa (quizá sincera), el cuchillo ya fue clavado.

Como el enojo, la ira o el asco, el odio es una sensación de rechazo, de repulsión. La persona odiada por otra es una presencia no grata, molesta, aversiva. ¿Pero qué lleva a una persona a odiar a otra? ¿Qué hace que el rechazo, el asco y la repulsión aparezcan de pronto en una relación que quizá antes fue venturosa, o por algún tiempo o en una época fue de conveniencia mutua y apego recíproco? Hablamos quizá de un sentimiento filial padre-hijo, de una relación de amigos o de pareja (de un matrimonio) o de la vida misma a la que los miserables suelen odiar tanto. ¡Odio esta vida! –maldicen-.

Los que odian son como víboras en un páramo yermo esperando para morder a su víctima sin misericordia, para envenenarla. Su motivación es el desprecio, el rencor y la frustración de quien se siente ofendido. Los que odian creen merecer lo que no tienen, y por eso reclaman, por eso gritan y se agitan, y por eso a veces matan.

Pero el odio por sí mismo y en quien lo alberga suele ser un sentimiento autodestructivo. ¡Veneno para el alma! El que odia se corroe por dentro; suele alterar todo su sistema nervioso y en algún punto y por tanta tensión del organismo, flujo de cortisol y adrenalina desde las glándulas suprarrenales y la amígdala cerebral, tarde o temprano hará colapsar su sistema inmune-orgánico: ¡Pwfhh!

Las personas que odian suelen estar tensas, tiesas, nerviosas, ansiosas y alteradas. Generar tanto estrés (cáncer del alma, dice Damasio) que se roba la energía del día y se convierte en un delirio nocturno.

Los que odian no descansan, ¡no pueden! Su buen ánimo les ha sido robado por este sentimiento perturbador y siniestro. El único ánimo del que odia es perverso. ¿Pero cómo surge el odio en un alma, en una mente, en qué momento? Surge al no ver cumplidos sus deseos o sus expectativas, sus demandas hacia el otro o los otros (los odiados), hacia quien piensa debe quererle, serle fiel, leal, hacia quien piensa lo ha traicionado.

Como un niño que tan fácilmente le dice a su madre: ¡te odio! por no haberle cumplido con lo que quizá le ha prometido. Pero el odio infantil es ingenuo, inconsciente e incierto. El de un adulto es letal a la hora de sentirse o pronunciarse.

El odio mata, envenena, rechaza, recluye, aleja y nos aleja. El odio nunca es casual ni fortuito, no se odia (así como no se ama) lo que no se conoce. Suele ser un sentimiento que se cultiva con el tiempo como mala hierba. A la hora de atacar, el que odia sabe siempre quién es su víctima.

En el amor, el que odia siempre será el ofendido, el que se siente rechazado o decepcionado quizá por una mentira, un engaño o una promesa no cumplida. El que odia no será el que suplique, sino el que amenace, el que juzgue, rechace o sentencie al otro a ser odiado.

El que odia esperaba que el otro le amara para siempre o al menos, como él deseaba que se le amara. El que odia suele ser tajante y riguroso con lo que exige y cree que merece, pero nunca con lo que él mismo no otorga. El que odia suele ser regularmente el que no da, sino el que exige a cambio.

Para el que odia, el amor no es un servicio a quien se ama, sino una deuda con intereses fijos y crecientes. El odiado suele ser siempre el que no estuvo a la altura de las demandas de su ofensor.

Afortunadamente el odio siempre es una excusa de los más débiles. El odio es su propia trampa, su karma, su cáncer, ¡su tumba! y digo afortunadamente porque su daño dependerá del tiempo y la distancia que su víctima o sus víctimas le permitan.

El que odia morirá solo, bajo la penumbra de su propia alma enferma; desahuciado en vida por este siniestro sentimiento.

¡No odien…bendigan!

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