Urzúa

Por María de la Lama 

En su carta de renuncia a la Secretaría de Hacienda, Carlos Urzúa deletrea con peras y manzanas sus porqués: “Se han tomado decisiones de política pública sin el suficiente sustento”. “Estoy convencido de que toda política económica debe realizarse con base en evidencia, cuidando los diversos efectos que ésta pueda tener y libre de todo extremismo [ y ] durante mi gestión las convicciones anteriores no encontraron eco”. Señala además que le “resultó inaceptable la imposición de funcionarios que no tienen conocimiento de la Hacienda Pública”, imposición motivada por “personajes influyentes del actual gobierno con un patente conflicto de interés”. La denuncia más directa, transparente y severa que se ha hecho sobre el gobierno de López Obrador: una acusación de ineptitud, ignorancia, corrupción que viene desde dentro, de un economista de izquierda que dijo compartir ideales con el presidente. Un funcionario a cuyo apoyo señalaban los adeptos de la cuarta transformación como evidencia de la seriedad y viabilidad de su proyecto.

La renuncia de Urzúa es la mejor respuesta posible en su circunstancia, para él y para el país. Pero erigirlo como héroe es ingenuo: su apoyo a la cuarta transformación prometió certidumbres y seriedades que sostuvieron la campaña de López Obrador. Ahora se corrige: se equivocó. Es que no podía saberse, no es culpa de nadie. Se lava las manos y se baja del barco. De los representantes de la cuarta transformación, los más sensatos se lamentan la renuncia y callan respecto a las denuncias. E insisten en que no nos preocupemos: todo gran cambio pasa por baches, que no cunda el pánico. Gustavo Herrera lo remplaza, y también es buen economista. México va a estar bien. Por el bien de México, ojalá tengan razón.

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