Donde todos comemos

 

Era una calle oscura sin alumbramiento. No había señalización alguna. Las calles de doble sentido, como las hay muchas en Progreso, suelen tener dos altos, uno en cada respectiva esquina. Estaba la calle tan oscura por los faroles fundidos que no había manera de saber si había o no un alto en la otra esquina. Tampoco había coches estacionados que nos pudieran indicar la dirección en la que se debía circular.
El policía nos paró terminando la única cuadra que cuadra y nos dijo que era sentido contrario, lo cual les costó comprobar, ya que, como mencioné antes, no había señalización alguna que indicara que por esa calle no se podía circular en ese sentido.
Después de una larga discusión, nos pusieron la multa y la fui a pagar. La pequeña multa se convirtió en un largo circo que involucra dos denuncias, una por falta de criterio hacia los policías y otra al ayuntamiento por no tener señalizadas las calles debidamente y alumbradas.
Varias cosas me indignaron mucho de este banal asunto como es equivocarte y cometer una leve e inintencionada infracción de tránsito, las cuales mencionaré a continuación.
La primera fue la impotencia de la situación. No hay manera, a menos que seas de Progreso o frecuentes mucho la zona, que sepas si esa calle era doble sentido o un solo sentido. No había luz y no había señalización. La justificación del policía, sobre un asunto que además concierne al ayuntamiento y no a él, fue “usté sabe que no podemos poner señalización en cada esquina”. Mi pregunta es ¿Por qué no podrían? ¿Por qué no se pueden reparar las luces, las calles con más baches que pavimento?
La segunda fue la aplicación de la ley a raja tabla. Otras veces me han parado por despistada, pero la falta era evidente. Aquí no había manera de saber que era de un solo sentido y el policía, convenciéndose y viendo el mal alumbrado, me preguntó si era de aquí. Eran dos patrullas que estaban arreglando un asunto vial y había unos ocho policías y el comandante.
Cuando me multaron fui a ver si efectivamente había un letrero que señalara que ahí no se puede transitar y no había nada. Exasperados, los policías querían terminar el asunto. No aparecía el comandante que me había dicho que aunque no era yo de aquí (Progreso) aún así (por arte de magia) debía saber que esa calle era doble sentido. Pregunté por él a los policías y todos me evadían, no me miraban a los ojos. Al final, la sentencia fue la misma. Que el solo estaba cumpliendo con su trabajo, efectivamente.
De regreso platicaba con mis amigas de la situación. Discutimos sobre si el policía, al ver la situación (la falta de señalización, de alumbramiento), debió haber actuado diferente. Una de las opiniones fue que el policía muchas veces no puede saber si la persona no lo hizo a propósito o si fue por equivocación y desventaja. Sin embargo, la denuncia a la falta de criterio, no de ser racional si no razonable, va dirigida a atacar este problema. No es posible que quienes velan por nuestra seguridad no puedan diferenciar y decidir cuándo una persona estuvo en una posición en desventaja que la llevó a cometer una infracción y cuándo fue intencional. El margen de error, ante un mayor criterio se reduce, aunque siempre existirá.
La ley no se puede aplicar a raja tabla porque no todos los casos, ni las intenciones, ni los contextos son iguales. La ley se interpreta, se adecúa se moldea. Cuando la ley deja de servir tal cual está escrita, se modifica.
El problema es que quienes se encuentran en mayor desventaja son el mismo cuerpo de policías. Horas de trabajo extenuantes, salarios irrisorios y mala formación son el camino que lleva al resultado de hoy. No todos, no siempre. Pero lo que es una realidad es que la razonabilidad y el buen criterio se forman con el tiempo y tardan en rendir frutos.
Por último, la culpa total de un ayuntamiento que ha dejado a Progreso con más baches que nunca, sin alumbramiento y sin buena señalización.
Este artículo busca denunciar un suceso cotidiano, desde la más profunda indignación que nace de un sistema del que desgraciadamente parece que todos comemos: la corrupción.

 

Por Renata Millet Ponce*
milletrenata@gmail.com

* Estudiante de Ciencia Política en el ITAM y de Pedagogía en la UNAM. Lectora, amante del mar y la navegación.

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